Por Juan Daniel Correa Salazar
En colaboración con BNamericas
En chino, la palabra crisis se escribe 危机 (wēijī). Dos caracteres.
Peligro y oportunidad.
Colombia entra al próximo ciclo electoral exactamente ahí.
El país tiene una de las mayores oportunidades energéticas de América Latina. Pero también uno de sus riesgos más delicados: creer que la transición energética puede sostenerse únicamente con narrativa.
Y la energía no funciona así.
La energía exige ejecución. Infraestructura. Transmisión. Almacenamiento. Respaldo. Regulación. Capacidad de coordinar sistemas complejos bajo presión climática, política y económica. Exige técnica, visión y seriedad.
Cuando la energía falla, no falla en abstracto. Falla en hospitales, en sistemas de agua, en industrias, en pequeñas empresas, en ciudades enteras. Falla en la vida cotidiana. Y en un país como Colombia, atravesado por desigualdades territoriales y vulnerabilidad climática, también falla la confianza.
Por eso la discusión energética que viene no puede reducirse a consignas ni trincheras ideológicas. La transición energética no es una guerra cultural. Es una prueba de capacidad institucional.
Y Colombia llega a ella tensionada.
El mercado ya entendió el problema
El reporte Capex de Energía Eléctrica 2026 de BNamericas muestra algo que Colombia debería leer con atención: América Latina ya entró en una nueva etapa de la transición energética.
Las principales compañías eléctricas de la región proyectan inversiones superiores a US$129.000 millones en 2026, frente a poco más de US$101.000 millones ejecutados el año anterior.
Pero lo importante no es únicamente la cifra. Es hacia dónde se mueve.
La inversión empieza a concentrarse en los problemas reales del sistema: transmisión, almacenamiento, capacidad firme, resiliencia operativa y modernización de redes. Es decir, en todo aquello que vuelve viable —o inviable— una transición energética.
Ahí está la lectura de fondo.
La región entendió que la transición energética no se define en discursos, sino en infraestructura. No en anuncios, sino en capacidad de ejecución. América Latina puede llenar titulares con proyectos solares y eólicos, pero si no logra transmitir esa energía, almacenarla, estabilizarla y sostenerla bajo presión climática, el sistema entero empieza a tensionarse.
Y ese es precisamente el punto al que llegó hoy Colombia.
Mientras el país sigue atrapado en discusiones ideológicas y ciclos cortos de polarización, el sistema eléctrico ya está enviando señales más concretas: cuellos de botella en transmisión, retrasos estructurales, necesidad urgente de almacenamiento y presión creciente sobre la confiabilidad.
La transición energética dejó de ser una conversación aspiracional. Ahora es una discusión sobre gobernabilidad, infraestructura y capacidad de sostener un país moderno sin jugar al límite del sistema.
Ahí termina la improvisación.
La amenaza dejó de ser teórica
El tiempo empieza a estrecharse.
XM advirtió que un eventual fenómeno de El Niño entre 2026 y 2027 podría llevar al sistema eléctrico colombiano a niveles de operación que no se han presentado antes y poner en riesgo la atención de la demanda nacional.
Las recomendaciones del operador son reveladoras: acelerar proyectos atrasados, fortalecer almacenamiento, garantizar combustibles de respaldo y preparar medidas regulatorias desde ahora.
Eso debería cambiar el tono de la conversación pública.
Mientras parte del debate político sigue atrapado entre propaganda y polarización, el sistema eléctrico colombiano está enviando señales mucho más serias: transmisión rezagada, proyectos detenidos, almacenamiento insuficiente y creciente presión sobre la confiabilidad.
La matriz eléctrica colombiana sigue siendo una de las más limpias de la región gracias a su base hidroeléctrica. Pero esa fortaleza también expone una vulnerabilidad estructural: cuando el agua cae, el sistema tiembla.
Cuando llueve, el país respira.
Cuando no, aparece el vértigo.
Eso no es resiliencia. Es fragilidad administrada.
Sería irresponsable asumir que unas lluvias favorables resolvieron el problema estructural.
El fondo sigue intacto: transmisión retrasada, incertidumbre regulatoria, almacenamiento marginal, tiempos de ejecución lentos y una matriz todavía demasiado condicionada por el clima.
La transición también pasa por las comunidades
Hay otro error igual de peligroso: creer que los territorios son obstáculos para la transición energética.
No lo son.
Buena parte de los retrasos estratégicos del país tiene relación directa con la incapacidad de construir confianza territorial alrededor de proyectos energéticos.
La transición energética no puede construirse contra las comunidades. Tiene que construirse con ellas.
Eso exige abandonar dos caricaturas profundamente dañinas.
La primera: tratar la consulta previa como un obstáculo incómodo que simplemente retrasa inversiones.
La segunda: degradarla hasta convertirla en un mecanismo de presión, captura de rentas o negociación oportunista alrededor de proyectos estratégicos.
La consulta previa es una herramienta legítima y necesaria en un país pluriétnico y megadiverso como Colombia. Bien hecha, protege derechos, ordena conversaciones difíciles y puede fortalecer la relación entre proyectos y territorios. El problema aparece cuando se vacía de legitimidad: cuando actores políticos, intermediarios o incluso algunos sectores terminan utilizándola para bloquear procesos indefinidamente, capturar beneficios particulares o convertir la transición energética en otro escenario de fragmentación y desconfianza.
Cuando una comunidad siente que el proyecto no la incluye, el conflicto aparece. Y cuando el territorio percibe que la transición solo beneficia capital externo mientras deja impactos locales, la confianza se rompe.
La energía limpia no puede repetir la lógica extractiva tradicional con un nuevo lenguaje corporativo.
Los proyectos bien hechos deberían convertirse en plataformas reales de desarrollo territorial: empleo, infraestructura, conectividad, acceso energético, transferencia tecnológica y fortalecimiento comunitario.
Ese es uno de los grandes desafíos de Colombia hacia adelante: entender que sostenibilidad no significa únicamente reducir emisiones. Significa construir sistemas capaces de sostenerse ambiental, social, económica y tecnológicamente en el tiempo. Significa construir relaciones duraderas entre energía, territorio, instituciones y sociedad.
Y eso requiere algo mucho más difícil que inaugurar proyectos: escuchar, coordinar y cumplir.
El populismo energético también contamina
En medio del ciclo electoral aparece otra amenaza: el simplismo.
Hay quienes reducen la transición energética a un enemigo ideológico. Y hay quienes creen que basta con anunciarla para que ocurra.
Ambos extremos producen el mismo daño: ruido.
La transición energética real no se construye desde el fanatismo. Se construye entendiendo tensiones. Entendiendo que un sistema eléctrico necesita equilibrio entre descarbonización, confiabilidad, costos, estabilidad regulatoria y viabilidad territorial.
Colombia necesita abandonar la falsa lógica de escoger entre técnica y sostenibilidad, entre crecimiento y transición, entre mercado y naturaleza. El verdadero desafío consiste precisamente en lograr que esas piezas funcionen juntas.
Eso exige algo menos espectacular, pero mucho más difícil: continuidad, coordinación institucional, planeación seria y capacidad de ejecución.
También exige enfrentar uno de los problemas más destructivos para cualquier sistema energético: la corrupción.
Porque no hay transición energética viable en medio de instituciones capturadas, decisiones improvisadas, contratos opacos o infraestructura convertida en botín político.
La corrupción no solamente desvía recursos. Retrasa proyectos, degrada confianza, distorsiona prioridades y termina debilitando justamente aquello que un sistema energético necesita para funcionar: credibilidad, estabilidad y capacidad técnica.
En un sector donde los errores se pagan en décadas, la corrupción no es un problema accesorio. Es un riesgo estructural.
La energía limpia no puede convertirse en otra plataforma de improvisación política.
Mucho menos en un concurso de grandilocuencia.
Mientras el debate se llena de consignas, el sistema sigue acumulando tensiones reales: crecimiento de demanda, electrificación, presión tarifaria, nuevas cargas industriales, centros de datos, riesgos climáticos y necesidad urgente de modernizar infraestructura.
El reloj energético no se detiene mientras discutimos.
Lo que recibirá el próximo gobierno
El próximo presidente no decidirá si Colombia entra o no a la transición energética. Esa transición no solo ya comenzó: no tiene vuelta atrás. La tecnología avanzó, la presión climática se intensificó y el mundo empezó a reorganizar su infraestructura, su industria y su seguridad energética alrededor de esa realidad.
Lo que sí deberá decidir es cómo administrarla.
Y esa diferencia importa.
Administrar la transición implica acelerar transmisión sin romper territorios. Integrar almacenamiento con reglas claras. Entender el papel del gas como respaldo mientras madura el sistema. Reducir incertidumbre regulatoria. Fortalecer instituciones técnicas. Modernizar distribución. Recuperar confianza.
Las señales del mercado ya apuntan hacia allá. Compañías regionales están reorganizando sus inversiones alrededor de generación renovable, transmisión y respaldo energético, entendiendo que la transición real no se mueve por pureza ideológica, sino por capacidad de ensamblar sistemas viables.
Por eso el verdadero riesgo para Colombia no es únicamente un apagón. Es algo más profundo: perder capacidad de dirección mientras el sistema entra en una etapa de mayor complejidad técnica, climática y política.
La energía limpia bien construida puede convertirse en una plataforma de competitividad, estabilidad e innovación para el país. Mal administrada, puede convertirse en frustración, tarifas más altas, conflictos y pérdida de confianza.
Este momento exige una conversación más responsable y seria.
Menos espectáculo.
Menos propaganda.
Menos obsesión por la culpa inmediata.
Y más capacidad de construir acuerdos básicos alrededor de algo elemental: Colombia necesita un sistema energético limpio, resiliente, moderno y gobernable.
No para ganar discusiones en redes.
Para sostener el país.
危机
La palabra china para crisis no plantea una tragedia inevitable. Plantea un cruce de caminos.
Colombia tiene riesgo: improvisación, fragmentación política, corrupción, presión climática, retrasos estructurales y debilidad institucional.
Pero también tiene oportunidad: capital entrando al sector, empresas fuertes, capacidad técnica, recursos naturales extraordinarios y una región que está aumentando su apuesta energética.
La pregunta ya no es si habrá transición energética.
La pregunta es si tendremos la madurez —y la integridad— para construirla bien.
Porque la energía limpia no necesita más entusiasmo suelto.
Necesita dirección.
Fuentes y referencias
- BNamericas — Capex de Energía Eléctrica 2026
- BNamericas — Reporte de Riesgo Político – Abril 2026
- XM — alertas y análisis operativos sobre riesgo de desabastecimiento y fenómeno de El Niño 2026–2027
- IDEAM — proyecciones climáticas y monitoreo hidrológico
- Grupo Energía Bogotá — planes de inversión y expansión de transmisión
- ISA Intercolombia — proyecciones de inversión multianual
- Informes sectoriales y regulatorios 2025–2026
- Cobertura periodística y análisis técnicos sobre seguridad energética, almacenamiento y transición energética en Colombia y América Latina





