Ayer, durante la Conferencia Internacional sobre la Financiación para el Desarrollo en Sevilla, España, ocurrió un episodio que, más allá de la anécdota política, nos deja una reflexión de fondo sobre la sostenibilidad y el rol que jugamos —o creemos jugar— en su construcción.
El presidente de Francia, Emmanuel Macron, le exigió respeto al presidente de Colombia, Gustavo Petro, luego de que este último aprovechara su intervención para arremeter contra los países desarrollados por su papel histórico en la crisis climática y la desigualdad global. Macron, con gesto incómodo, respondió: “Yo conozco el paradigma clave de su política, pero nunca le doy lecciones a alguien del sur. Y es un poco extraño recibir lecciones de alguien del sur, simplemente porque viene del sur. Yo exijo el mismo tipo de respeto.”
Aquí uno de los videos que lo documenta, publicado por El País de España (también disponible en otras plataformas):
La escena fue incómoda, pero sobre todo reveladora. Reveladora porque la sostenibilidad no se trata de dar lecciones. Mucho menos si, como suele pasar, el que las da no aplica lo que predica.
La sostenibilidad —la de verdad, no la de los discursos— es una construcción práctica, no una retórica. Es más acción que discurso. Más una forma de asumir responsabilidades y de enfrentar la vida que de repartir culpas.
Desde Energía Limpia celebramos que Macron le recordara a Petro que pontificar no es construir. Que el gesto de “dar lecciones” mientras se ignoran las propias inconsistencias es, por decir lo menos, contradictorio.
Ya lo hemos dicho antes, incluso refiriéndonos a Donald Trump —en la orilla política opuesta—: cuando estuvimos en París cubriendo Change Now (pueden leerlo aquí: Reflexiones sobre Change Now 2025), nos sorprendió gratamente ver asistentes con gorras que decían “Make Science Great Again”, una ironía frente al eslogan de Trump. Porque el planeta no necesita ni salvadores mesiánicos ni enemigos imaginarios. Necesita hechos, compromisos reales y resultados medibles.
Aquí no hay buenos ni malos absolutos. No hay dueños de la razón. Hay problemas reales que requieren soluciones reales, sustentadas en los tres pilares de la sostenibilidad: lo social, lo ambiental y lo económico.
Triste es que, en Colombia, el lema de “potencia mundial de la vida” haya terminado en marketing político sin transformación estructural. La transición energética es posible. La reducción de la pobreza también. La conservación de nuestra biodiversidad no es un slogan: es una urgencia. Pero ninguna de estas tareas avanzará si el discurso busca enemigos y culpables antes que aliados.
No se trata de callar frente a la desigualdad, ni de negar el papel histórico de los países ricos en la crisis climática. Pero sí se trata de reconocer que el verdadero liderazgo es coherente, humilde y dispuesto a aprender. Porque, como dijo Nicolás Gómez Dávila: “No todo profesor es estúpido, pero todo estúpido es profesor.”
Y en Colombia, Gustavo Petro —como presidente— es, por definición, la voz autorizada de todos nosotros, incluso de quienes no votamos por él. Su figura pública tiene un enorme peso simbólico, sobre todo para los ciudadanos de a pie, que ven en su palabra orientación y guía. Por eso no es deseable que aleccione ni que delibere en nombre de todos con un tono que, muchas veces, suena más a regaño que a liderazgo constructivo. En ese rol, Petro es, quiera o no, el profesor por excelencia del país: no en vano insiste en portar siempre un lápiz, como emblema de quien enseña.
Y si puedo permitirme un consejo de profesor escuelero que aún soy, es este: si va a pasarse el día trinando en X en vez de gobernando, por lo menos hágalo con buena ortografía. Porque esa, créame, es una lección impajaritable para cualquier maestro.
Durante más dos décadas como docente universitario, he repetido a mis estudiantes que no crean ciegamente en ningún profesor, rector o presidente. Que cuestionen. Que duden. Y que entiendan que la mejor de las lecciones no es la que se da, sino la que se recibe con humildad.
Macron, con su intervención, ofreció una pequeña gran lección de sostenibilidad: que se puede discrepar sin descalificar. Que se puede exigir respeto mientras se respeta. Y que el cambio, cuando es real, se nota más en las acciones que en las arengas.
Ojalá el presidente Petro —y todos quienes hoy lideran países, empresas o movimientos sociales— lo comprendan. Porque la sostenibilidad se construye entre todos. Y porque no necesitamos más discursos grandilocuentes. Necesitamos hechos.
Este, Energía Limpia (www.energialimpia.co), es un espacio abierto. Aquí creemos que el debate serio y la autocrítica valen mucho más que la complacencia. Ojalá que esta lección, que empezó en Sevilla, no se quede en un simple cruce de micrófonos. Y ojalá que quienes nos representan aprendan, alguna vez, que la humildad no debilita el liderazgo: al contrario, es también un acto de grandeza.





