El país que no puede apagarse

May 28, 2026 | Biodiversidad, Destacadas, Medio ambiente, Noticias, Opinión, Política y regulación, Vida

Por: Juan Daniel Correa Salazar
Crowd moving through a Bogotá avenue during a nighttime demonstration, surrounded by red traffic lights, urban buildings and dense city atmosphere, reflecting political tension and social uncertainty in Colombia ahead of the elections.

Colombia conoce demasiado bien esa sensación.

Ese silencio raro. Esa electricidad en el aire. Esa impresión de que algo terrible está a punto de suceder aunque nadie logre decir exactamente qué. Llevamos décadas así: mirando carros y motos abandonadas con desconfianza, sospechando de paquetes, leyendo las noticias con el cuerpo tensionado, sintiendo que en cualquier momento algo puede explotar.

Y explota.

Explota una bomba. Explota un escándalo. Explota una mentira repetida millones de veces hasta parecer cierta. Explota un país que aprendió a vivir entre incendios mientras intenta convencerse de que todo sigue funcionando.

Lo más delicado es que nos acostumbramos.

A la corrupción. A la manipulación. Al cinismo. Al espectáculo político. A las redes sociales convertidas en fábricas de rabia. A reaccionar antes de pensar. A compartir antes de entender. A vivir en estado de alerta permanente.

Un país así pierde claridad.

Todo ocurre demasiado rápido. Cada día aparece una nueva indignación diseñada para sepultar la anterior. Los algoritmos premian el fanatismo y el escándalo. La política se convirtió en un espectáculo emocional donde casi nadie escucha y todo el mundo reacciona. Basta mirar cualquier multitud —de izquierda, de derecha, de gobierno o de oposición— para entender que el país entero parece atrapado en una conversación donde todos gritan y casi nadie piensa.

Vivimos incendiados.

De rabia.
De propaganda.
De resentimiento.

Cuando un país vive así durante demasiado tiempo, termina creyendo que cualquier cosa que prometa apagar el fuego merece confianza inmediata.

Ahí empiezan muchos errores.

Porque el miedo reduce la capacidad de pensar con claridad. Las sociedades tensionadas rara vez toman buenas decisiones.

Por eso estas elecciones se sienten distintas. No tanto por los candidatos o las ideologías, sino porque hay algo acumulado en el ambiente. Como si el país entero estuviera caminando alrededor de una bomba sin saber exactamente quién activó el reloj.

Quizá la bomba no sea un gobierno.

Quizá sea esta forma de vivir permanentemente alterados, manipulados y divididos.

La corrupción ayudó a construir ese estado mental. No solamente porque robó dinero. También erosionó la confianza. Volvió sospechoso todo: las instituciones, los políticos, los empresarios, los medios, incluso las buenas intenciones.

Y así, poco a poco, la sociedad empieza a actuar por reflejo.

Aparecen las masas. La gente que vota desde la rabia o desde el cansancio. La gente que entrega el pensamiento propio a los algoritmos, a los fanatismos o a los mismos de siempre.

Eso es lo inquietante de este momento.

Mientras seguimos atrapados en ese ruido, el mundo cambia debajo de nuestros pies. La inteligencia artificial acelera industrias completas. Los centros de datos empiezan a consumir cantidades inmensas de energía. La disputa global ya no es solamente política o militar: también es por electricidad, agua, minerales, infraestructura y capacidad tecnológica.

En medio de esa transformación, la naturaleza empezó a adquirir otro peso. La selva dejó de ser únicamente paisaje. El agua dejó de parecer infinita. El carbono, la energía y la biodiversidad empezaron a convertirse en factores de poder, estabilidad y supervivencia.

Y Colombia todavía tiene mucho de eso.

Un país creativo, violento y estratégico al mismo tiempo. Un país que todavía conserva agua, biodiversidad, capacidad energética, cultura y talento.

Pero ningún recurso natural basta cuando una sociedad deja de pensar, de crear y de imaginar futuro.

Ese es el riesgo.

No solamente equivocarnos políticamente. También desperdiciar un momento histórico mientras el mundo entra en una etapa para la que Colombia podría ser decisiva.

Porque la sostenibilidad no es un lujo moral ni un discurso corporativo. Tiene que ver con permanencia, estabilidad y visión de largo plazo. Con entender que no existe crecimiento posible sobre un territorio destruido, una sociedad fracturada y una democracia atrapada en la manipulación emocional.

La energía importa. La naturaleza importa. La cultura importa. La creatividad importa. Todo está conectado.

La música, los libros, el cine y las historias sostienen algo que a veces se subestima: la capacidad de una sociedad de no convertirse completamente en rabia.

Colombia, incluso en sus momentos más difíciles, nunca dejó de producir belleza. En medio de las bombas aparecía una canción. En medio del apagón aparecía una fiesta. En medio de la incertidumbre aparecía arte.

Por eso todavía creo que Colombia tiene salida.

No porque el peligro no exista. Existe, y sería ingenuo negarlo. Está en la corrupción que destruye confianza, en el debate público convertido en propaganda emocional, en la facilidad con la que millones de personas dejaron de observar para empezar simplemente a repetir.

Precisamente por eso estas elecciones exigen algo difícil en esta época: lucidez.

La lucidez de detenernos un momento en medio del ruido. De respirar. De abrir los ojos. De mirar trayectorias y no solamente discursos. De no tragar entero. De recuperar la capacidad de pensar por nosotros mismos antes de entregarle el país al fanatismo, al cansancio o a la inercia colectiva.

Porque los países no se destruyen de un día para otro. Empiezan a deteriorarse cuando la gente deja de pensar con claridad, de distinguir entre información y manipulación, y termina actuando por impulso o por simple reflejo.

Quizá esa sea la decisión de fondo en estas elecciones.

No solamente escoger un presidente.

Sino decidir si todavía somos capaces de dejar de vivir alrededor de la explosión y empezar, por fin, a construir algo distinto.

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