Hay personas que iluminan un lugar mientras están presentes. Y hay otras cuya luz permanece cuando ya no están. José Eddy Torres fue ambas cosas.
Iluminó comunidades, instituciones, proyectos y vidas durante décadas. Y hoy, tres años después de su partida, su llama sigue viva. Sigue viva en los territorios que recorrió, en las personas que formó y en las preguntas que nos enseñó a hacer. Sigue viva porque la energía más profunda nunca fue para él únicamente un asunto de cables o infraestructura. Fue, ante todo, un asunto de dignidad humana.
Mucho antes de que la transición energética, las comunidades energéticas o el desarrollo territorial ocuparan titulares y agendas, JET ya insistía en una idea sencilla y poderosa: la energía empieza en las personas. Por eso desconfiaba de las soluciones fáciles. Sabía que llevar electricidad a una comunidad era apenas el comienzo y que lo verdaderamente importante era lo que esa energía permitía hacer: estudiar después del atardecer, fortalecer una actividad productiva, conservar alimentos, acceder a información, ampliar horizontes y construir futuro.
Su amigo y compañero de trabajo durante décadas, Gerardo Chávez, recuerda una frase que resume con precisión la manera en que José Eddy entendía la energía:
“No hay que esforzarse tanto en llevar bombillos al campo si el campesino va a prender la luz para buscar la vela.”
La observación tenía algo de humor y mucho de verdad. Porque José Eddy entendía que una solución técnica solo adquiere valor cuando transforma la vida de las personas. Esa fue siempre su brújula. La tecnología al servicio de la gente. El territorio como punto de partida. La energía como herramienta para ampliar posibilidades.
Por eso dejó huella en comunidades rurales, universidades, entidades públicas, organizaciones sociales y proyectos energéticos a lo largo del país. Pero su legado más profundo no está únicamente en los informes que escribió, las metodologías que ayudó a construir o los proyectos que acompañó. Está en una forma de pensar que sembró en cientos de personas y que hoy sigue dando frutos.
Quienes trabajaron con él recuerdan su rigor intelectual, su curiosidad insaciable y su capacidad para formular la pregunta que nadie estaba haciendo. Creía en el trabajo de campo, en la evidencia, en la conversación directa y en la necesidad de comprender una realidad antes de intentar transformarla. Sabía que los territorios hablan. Y sabía escucharlos.
Por eso se sentía tan cómodo en una universidad como en una comunidad indígena, en una reunión institucional como en una escuela rural, frente a una audiencia especializada o conversando bajo la sombra de un árbol. Su conocimiento no buscaba distancia; buscaba utilidad. Su interés no estaba en las teorías por sí mismas, sino en su capacidad para mejorar la vida de las personas.

José Eddy Torres y Edna Liliana Valencia en La Guajira. Para JET, la energía nunca fue solamente infraestructura: fue una herramienta para ampliar oportunidades y transformar vidas.
Sin embargo, quedarse en su dimensión profesional sería perder de vista una parte esencial de la historia.
Porque José Eddy era también un humanista. Un observador atento de las personas. Un hombre capaz de disfrutar una conversación larga, una buena historia, una discusión inteligente o una canción compartida al final de una jornada de trabajo. Entendía que el desarrollo se construye con infraestructura, pero también con cultura, confianza, conocimiento y encuentro.
Con José Eddy recorrí carreteras, auditorios, comunidades y escenarios. Lo vi discutir sobre energización rural con la misma pasión con la que disfrutaba una conversación después de un concierto. Lo vi defender una idea técnica con rigor absoluto y, unas horas más tarde, celebrar la vida con la alegría de quien entiende que el conocimiento cobra sentido cuando se comparte.

Primavera Fest, Medellín. José Eddy Torres junto a Juan Quiroga y Héctor Buitrago, de Aterciopelados. Para JET, la energía y la cultura eran distintas expresiones de una misma fuerza: la que une a las personas alrededor de un propósito compartido.
Le gustaba la música. Le gustaba bailar. Le gustaba reunir personas alrededor de una mesa. Y en más de una ocasión coincidimos en proyectos donde la energía y la cultura compartieron escenario. Nunca pareció una combinación extraña. Para él ambas eran expresiones de una misma fuerza: la capacidad de conectar personas y transformar realidades.
Quizá por eso generaba un afecto tan profundo. Porque detrás del investigador, del consultor y del profesor había un hombre genuinamente interesado en los demás. Alguien que enseñaba con generosidad, exigía con respeto y acompañaba con una mezcla poco común de rigor y calidez.
Hoy, cuando Colombia discute comunidades energéticas, transición justa, acceso universal a la energía y desarrollo territorial, vale la pena recordar que muchas de esas conversaciones recorren caminos que personas como José Eddy ayudaron a abrir cuando todavía no ocupaban titulares ni agendas institucionales. Él comprendió tempranamente que la energía no podía medirse únicamente en megavatios, kilómetros de red o indicadores de cobertura. También debía medirse en oportunidades, capacidades y bienestar.
Energía Limpia forma parte de esa historia. Hace más de una década atrás nació de una idea de José Eddy Torres: crear un espacio para conversar sobre energía sin perder de vista a las personas, los territorios y el desarrollo. Con el tiempo aquella conversación se convirtió en una plataforma de información, análisis y encuentro que hoy conecta voces, experiencias e iniciativas de distintos países. Su espíritu, sin embargo, permanece intacto: entender que la energía adquiere sentido cuando mejora vidas y amplía oportunidades.
La energía cambia de forma, pero no desaparece. Quizá por eso José Eddy sigue aquí. Sigue en las comunidades que ayudó a fortalecer, en los profesionales que formó, en los proyectos que ayudó a imaginar y en las instituciones que contribuyó a transformar. Sigue en las conversaciones que continúan abiertas sobre energía, territorio y desarrollo; conversaciones que hoy parecen indispensables y que hace décadas él ya impulsaba con la misma mezcla de rigor intelectual, curiosidad y sentido práctico que lo caracterizaba.
Quizá esa sea la razón por la que su legado conserva tanta vigencia. José Eddy comprendió algo que sigue siendo esencial: la energía más valiosa no es la que ilumina una casa, sino la que amplía el horizonte de una vida. A eso dedicó buena parte de la suya. Y por eso, cuando se habla de él, la ausencia nunca termina de imponerse. Lo que permanece es otra cosa: una conversación que continúa, una enseñanza que sigue encontrando nuevos caminos y una llama que, lejos de apagarse, continúa iluminando el futuro.
Su llama sigue viva. ⚡





