El Niño llegó y Colombia vuelve a considerar adelantar sus relojes. La medida puede ser sensata. Lo inadmisible sería vender sesenta minutos de luz como política energética.
Por Juan Daniel Correa Salazar, en colaboración con BNamericas
A la medianoche del 2 de mayo de 1992, Colombia perdió una hora.
Después de las 11:59 llegó la una. El país adelantó sus relojes para aprovechar mejor la luz natural y reducir el consumo de electricidad al comienzo de la noche.
La medida pasó a la historia como la Hora Gaviria, por el presidente de entonces, César Gaviria.
El racionamiento llevaba dos meses. En Bogotá hubo cortes de hasta nueve horas al día; en San Andrés y Providencia llegaron a dieciocho. Las familias regresaron a las velas y la radio acompañó las noches. La Luciérnaga, creada para alumbrar con humor aquel apagón, sobrevivió a la crisis que le dio origen.
El Niño había reducido las lluvias y vaciado los embalses. Pero el clima no actuó solo. La sequía encontró una matriz demasiado dependiente del agua, obras retrasadas y un Estado que comprendió la gravedad cuando la oscuridad ya había entrado en las casas.
Colombia adelantó el reloj porque ya no tenía energía suficiente.
Treinta y cuatro años después, el país contempla la misma medida.
¿En serio estamos otra vez aquí?
El Niño está presente y fortaleciéndose. La agencia científica estadounidense NOAA estima una probabilidad del 97 % de que persista hasta los primeros meses de 2027 y del 81 % de que alcance una intensidad muy fuerte entre octubre y diciembre de este año. El IDEAM prevé lluvias por debajo de lo normal durante el segundo semestre en varias regiones del país.
La Sociedad Hidroituango, respaldada por la Gobernación de Antioquia, propuso adelantar nuevamente la hora legal para aliviar la demanda nocturna y preservar agua en los embalses.
La idea tiene sentido. Millones de hogares encienden luces y electrodomésticos justo cuando la generación solar desaparece. Desplazar parte de ese consumo permitiría aprovechar mejor la claridad de la tarde y reducir la presión sobre el sistema.
Es bastante probable que Colombia vuelva a cambiar el horario.
Ya hay quienes la llaman la Hora del Tigre.
Puede llegar.
Lo escandaloso no es considerar la medida. Lo escandaloso es que, después de más de tres décadas, todavía podamos necesitarla.
Colombia tuvo tiempo para diversificar su matriz, ampliar la transmisión, asegurar energía firme, desarrollar almacenamiento y ordenar su política de gas.
Siete presidentes. Decenas de ministros. Planes, leyes, comisiones, subastas y anuncios históricos.
Y aquí estamos: mirando el cielo, calculando cuánta agua queda en los embalses y preguntándonos si tendremos que levantarnos una hora más temprano para evitar que el país se apague.
Algún día tendremos que dejar de llamar imprevisible a lo que ocurre una y otra vez.
Colombia aprendió del racionamiento de 1992. Reformó el sector, fortaleció sus instituciones y amplió la capacidad de generación. Hoy dispone de una matriz más robusta, mayor capacidad técnica y mejores herramientas para anticipar los riesgos.
Lo inquietante es que, pese a todo lo aprendido y construido, vuelvan a aparecer las mismas señales de fragilidad cuando la oscuridad amenaza de nuevo.
Hubo avances: el país creó reglas para las fuentes no convencionales, realizó subastas renovables y abrió espacio a nuevas tecnologías.
También sobrevivió una vieja costumbre: confundir política energética con anuncio energético.
Colombia celebra megavatios contratados como si ya estuvieran generando. Presenta proyectos como realidades antes de tener financiación, licencias, conexión o acuerdos territoriales.
La ceremonia suele llegar antes que la obra.
El gobierno de Gustavo Petro merece una crítica particular porque ningún otro habló tanto de transición energética.
Sería injusto desconocer los avances. Al cierre de marzo de 2026, la energía solar representaba el 8,7 % de la capacidad efectiva neta del sistema: una fuente hasta hace poco marginal se acercó a una décima parte del total. También progresaron las comunidades energéticas y la regulación para la geotermia y el almacenamiento.
Pero una transición no se completa instalando paneles ni sumando megavatios. Esa energía debe conectarse, transmitirse, almacenarse y contar con respaldo cuando desaparece el sol.
Y allí la ejecución quedó corta.
La transmisión siguió rezagada. Los proyectos eólicos de La Guajira permanecieron atrapados entre demoras, conflictos y debilidad estatal. La menor autosuficiencia de gas aumentó la exposición a importaciones. Se habló de exportar energía limpia mientras faltaban redes para transportarla dentro de Colombia.
A esa insuficiencia se sumó una falla más profunda: la corrupción.
El escándalo de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres expuso una de las formas más indignantes de corrupción: convertir la necesidad en negocio. Salió a la luz con la compra irregular de 40 carrotanques destinados a llevar agua a comunidades sedientas de La Guajira y terminó revelando una trama de sobrecostos, sobornos y favores políticos que alcanzó a altos funcionarios y dirigentes del Congreso.
Mientras el agua tardaba en llegar, el dinero encontraba su camino.
La entidad creada para atender desastres terminó fabricando uno.
La corrupción no solo desvía dinero. Retrasa proyectos, destruye confianza y debilita las instituciones que el país más necesita cuando el clima pone a prueba el sistema energético.
Petro tuvo razón al situar la transición en el centro de la agenda nacional. Su error fue presentarla como una realidad más avanzada de lo que permitían las obras y gobernarla con una institucionalidad que perdió credibilidad.
La transición no se mide por el número de veces que un presidente la pronuncia. Se mide en energía limpia producida, conectada, almacenada y disponible cuando el país la necesita.
En ese examen, queda una distancia demasiado grande entre el alcance de las palabras, la solidez de los resultados y la integridad que exige una transformación verdadera.
Pero sería cómodo depositar toda la responsabilidad en la Casa de Nariño. El sistema también se construye —o se paraliza— desde las empresas, los territorios, las comunidades, la academia, los medios y los hábitos ciudadanos.
Como dice la sabiduría popular, todos tenemos “velas en este entierro”.
Y pocas veces la expresión había resultado tan literal.
En 1931, hace noventa y cinco años, Salvador Dalí pintó La persistencia de la memoria.
En aquel paisaje árido, los relojes han perdido su rigidez. Se doblan, ceden, parecen incapaces de ordenar el tiempo.
Colombia se acerca hoy a una escena inquietantemente parecida. El clima, el poder y la infraestructura avanzan a velocidades distintas, como si cada uno obedeciera a un reloj blando.
Podemos mover las manecillas.
Lo que no podemos seguir deformando es la memoria.
El reloj climático ya comenzó. El océano Pacífico no espera la posesión presidencial.
El reloj político comenzará el 7 de agosto. Habrá anuncios, decretos y promesas de velocidad. Pero la energía no entiende de calendarios presidenciales: una decisión firmada en la mañana no produce gas esa misma tarde.
El tercer reloj es el de la infraestructura. Es el más lento y el único capaz de sostener al país.
Sirius, el mayor descubrimiento de gas en la historia de Colombia, se encuentra en aguas profundas del Caribe y es desarrollado por Ecopetrol y Petrobras. Podría comenzar a producir hacia 2029 o 2030: demasiado tarde para aliviar la presión inmediata, pero a tiempo para recordar que las decisiones estratégicas no admiten más demora.
Colectora, la línea proyectada para transportar la energía renovable de La Guajira, acumula años de retraso entre consultas previas, trámites de licenciamiento y acuerdos pendientes con las comunidades de los territorios que debe atravesar. La geotermia exige exploración paciente. Las baterías necesitan reglas, capital e instalación.
El clima se mueve en meses.
El poder, en titulares.
La infraestructura, en años.
Y los tres relojes están a punto de marcar la misma hora.
Asegurar que habrá racionamiento sería irresponsable. Descartar las alertas sería peor.
Análisis recogidos por BNamericas proyectan posibles déficits de energía firme del 2,3 % en 2026 y del 4,4 % en 2027. Son escenarios, no profecías. Dependerán de las lluvias, la demanda, la disponibilidad de las plantas, los combustibles y la entrada de nuevos proyectos.
Pero las condiciones que los sustentan son reales.
XM proyecta que la demanda eléctrica crecerá cerca del 2,9 % en 2026 y del 3 % en 2027. Colombia llega a este Niño con menor autosuficiencia de gas, mayor exposición a importaciones y empresas financieramente presionadas.
Al 10 de julio, la cartera del Mercado de Energía Mayorista se estimaba en 3,4 billones de pesos. A esa presión se suman la crisis de Air-e y la incertidumbre sobre el servicio en el Caribe.
Un sistema comienza a apagarse mucho antes de que una casa quede a oscuras: cuando una empresa deja de pagar, una térmica no asegura combustible, un mantenimiento se aplaza o una línea de transmisión permanece detenida.
La oscuridad física es apenas la última escena.
Antes ocurre el apagón financiero, regulatorio e institucional.
Sin embargo, la oscuridad no solo oculta.
También revela.
Cuando baja el agua de los embalses, quedan al descubierto las obras que no se hicieron y las decisiones aplazadas. Las excusas pierden volumen. Lo esencial comienza a distinguirse.
En Crema de estrellas, de Soda Stereo, Gustavo Cerati cantó: «Cuando está oscuro todo empieza a verse más claro».
No hablaba de embalses ni de líneas eléctricas. Pero pocas imágenes describen mejor este momento: a veces necesitamos que el resplandor de la retórica se apague para reconocer la constelación que siempre estuvo frente a nosotros.
Colombia no parte del vacío.
Tiene empresas capaces, universidades, científicos, ingenieros, conocimiento acumulado y una de las matrices eléctricas más limpias de la región. Tiene sol, viento, agua, biomasa, gas y una cordillera que guarda calor bajo la tierra.
Lo que ha faltado no es energía.
Ha faltado convertir los recursos en proyectos y los proyectos en un sistema.
Abelardo de la Espriella recibirá una estructura bajo presión, pero también una oportunidad excepcional: hacer de la emergencia el comienzo de una transformación verdadera.
Colombia necesita recuperar la confianza, destrabar proyectos y asegurar el gas que respalda el sistema eléctrico. Reactivar la exploración puede fortalecer la seguridad energética de mediano y largo plazo, pero no resolverá la presión inmediata: entre la adjudicación de un área, un descubrimiento y la entrada en producción transcurren años.
La transición exige administrar el presente sin hipotecar el futuro: combinar ambición ambiental, rigor técnico y viabilidad económica, y convertir en obras lo que quedó atrapado entre la retórica y la realidad.
El sol ofrece electricidad de bajas emisiones, pero no está disponible a toda hora. El gas puede respaldar al sistema cuando cae la tarde, sin convertirse en pretexto para aplazar la transición.
Colombia necesita integrar renovables y generación firme en una matriz más diversa, confiable y limpia: aprovechar la luz sin quedar indefensa cuando llega la noche.
Usar mejor cada kilovatio es igualmente importante. Edificios bien diseñados, equipos eficientes, industrias modernizadas, medición inteligente y gestión de la demanda pueden liberar capacidad antes que una nueva planta. La eficiencia energética no consiste en pedirles a las familias que apaguen un bombillo: es una política de productividad y competitividad.
Incorporar más sol y viento exige redes modernas, baterías, respaldo y mercados flexibles. Los megavatios dibujados en una diapositiva todavía no iluminan una casa.
Energía limpia no es la que luce mejor en una fotografía. Es la que reduce emisiones sin sacrificar confiabilidad; la que encuentra financiación, llega a los territorios y responde cuando el sistema está bajo presión.
Una política energética atravesada por la corrupción, la improvisación o la mentira técnica tampoco merece llamarse limpia. Esas prácticas no aparecen en los inventarios de emisiones, pero dejan otra huella: recursos perdidos, proyectos detenidos e instituciones sin credibilidad.
El Tigre deberá gobernar algo más difícil que una campaña: un sistema sometido a las leyes de la física, los tiempos de la infraestructura y la presión del clima.
Los electrones no reconocen ideologías. Los embalses tampoco responden a los eslóganes. Un rugido puede ser un buen comienzo, incluso un grito de batalla. Después tendrá que convertirse en proyectos, redes y kilovatios.
Confiamos en que el nuevo gobierno actúe a tiempo. Aquí estaremos para respaldar lo que funcione, aportar a las soluciones y señalar cualquier intento de presentar maquillaje como transformación.
Pero no podemos esperar que el gobierno encienda todas las luces.
Las empresas tendrán que invertir. Los territorios deberán participar y recibir beneficios reales. Las universidades, investigar y formar. Los bancos, financiar nuevas tecnologías. Los medios, informar con rigor. Los ciudadanos, exigir más y consumir mejor.
La transición energética será una obra colectiva o terminará como tantas promesas: disuelta en el océano de los anuncios.
Bien construida, puede llevar electricidad confiable a los territorios, atraer industria, reducir costos y crear empleos. Puede hacer que un techo produzca energía, que una fábrica desperdicie menos, que una batería guarde el sol de la tarde y que el viento de La Guajira viaje por el país sin dejar atrás a quienes habitan su territorio.
Esa posibilidad existe.
Colombia tiene luces encendidas en sus territorios, su conocimiento y su gente.
Lo que falta es hacer que alumbren el mismo camino.
Adelantar el reloj puede ayudar. La medida debe evaluarse con rigor y adoptarse si contribuye a reducir la demanda y preservar los embalses. Pero sería apenas una precaución dentro de una estrategia mucho mayor.
Estamos ante un riesgo enorme y una oportunidad de la misma escala.
Podemos volver a prender velas mientras esperamos que llueva. O podemos construir un sistema capaz de atravesar la sequía sin arrodillarse ante el cielo.
Lo inadmisible sería que nos vendieran sesenta minutos como si fueran treinta y cuatro años de soluciones.
El 7 de agosto cambiarán el presidente, los ministros y el lenguaje del poder.
El océano no se dará por enterado.
Los embalses seguirán obedeciendo a la lluvia. Las turbinas, al agua y al gas. Las redes, a las leyes de la física.
El Tigre podrá cambiar el reloj.
Cambiar la historia será tarea de todos.
En 1992, la oscuridad nos obligó a mover las manecillas.
En 2026 puede obligarnos a mover el país.
Tal vez esa sea la luz escondida en la amenaza: comprender que Colombia no está condenada a repetir el apagón. Tiene con qué escribir otro desenlace.
Debe comenzar ahora.
Porque hay una hora que el país no puede volver a aplazar:
La hora de la energía limpia.
Fuentes consultadas
BNamericas: análisis sobre seguridad energética, gas, geotermia, transmisión, almacenamiento y expansión renovable en Colombia, 2026; NOAA Climate Prediction Center; IDEAM; XM; UPME; CREG; Decreto 717 de 1992; Señal Memoria; El Colombiano; Caracol Radio; El País; Museum of Modern Art, Salvador Dalí, La persistencia de la memoria (1931); Soda Stereo, Crema de estrellas, Sueño Stereo (1995).





