Diplomacia para la foto, energía limpia para la fantasía

Feb 4, 2026 | Destacadas, Noticias, Opinión, Política y regulación, Renovables

Por: Juan Daniel Correa Salazar
Gustavo Petro and Donald Trump during their meeting at the White House in Washington.

Foto: Juan Diego Cano / Presidencia de la República.

En la Casa Blanca, Donald Trump y Gustavo Petro se dieron la mano y celebraron un encuentro “exitoso”. El tono fue cordial. El mensaje, diplomático. Muchos hablaron de un triunfo de la política exterior. Pero cuando se apagan las cámaras y se revisa el fondo, queda una conclusión incómoda: la transición energética salió peor librada que antes del encuentro.

Las posiciones son opuestas e irreconciliables.
Y, para bien o para mal, una es más consecuente que la otra.

Trump no disimula. Dice drill, baby, drill y actúa en concordancia: más exploración, más producción, más respaldo estatal a la industria fósil. Es una postura regresiva y peligrosa. Pero es coherente. Lo que dice, lo hace.

Petro propone lo contrario: América Latina limpiando el 100 % de la matriz energética de Estados Unidos. Una transición continental. El problema es que no es un plan: es una fantasía. No tiene soporte técnico, industrial ni financiero. Y lo más grave: ni siquiera ha logrado ordenar la transición energética en Colombia.

El país sigue dependiendo del petróleo, el gas y el carbón.
Y eso, en sí mismo, no es el problema.

La transición energética no es una guerra contra los combustibles fósiles. Es un proceso. Los seguimos necesitando —y lo haremos durante décadas— para sostener la economía, la balanza fiscal y la seguridad energética mientras se construyen alternativas reales. Demonizarlos no reduce el calentamiento global; sí ahuyenta inversión y debilita la economía.

El problema es otro: incertidumbre regulatoria, mensajes contradictorios y ausencia de una hoja de ruta técnica. Eso ha enfriado la inversión, frena proyectos y convierte la transición energética en relato político, no en política pública.

Si no ha podido gestionar con rigor el propio sistema energético de Colombia —integrando combustibles fósiles, energías renovables, redes eléctricas y almacenamiento—, resulta inverosímil que pueda rediseñar el sistema energético más grande y complejo del mundo.

Ahí está la diferencia central:
Trump defiende algo que muchos rechazamos, pero que puede ejecutar.
Petro promete algo que muchos celebran, pero que no puede cumplir.

La agenda real lo confirmó. Ayer no se habló de redes eléctricas, almacenamiento, industria renovable ni financiamiento de largo plazo. Se habló de seguridad, de narcotráfico, de Venezuela y de gas. Incluso apareció la idea de mover gas venezolano vía Colombia. La energía fósil resolviendo lo que la retórica “limpia” no resuelve.

Estados Unidos consume cerca de 4.000 TWh de electricidad al año y más del 60 % de su energía total depende todavía del petróleo y el gas. Eso no se cambia con discursos ni con cumbres simbólicas. Se cambia con décadas de infraestructura, reglas estables y capital paciente. Nada de eso estuvo en la mesa.

La conclusión es incómoda, pero inequívoca:
mientras Petro habla, la transición se vuelve consigna;
mientras Trump perfora, el sistema fósil avanza.

Y lo más grave no es que habrá más petróleo y gas —los habrá—.
Lo más grave es que la demagogia climática le hace un favor al negacionismo: promete lo imposible, fracasa en lo básico y deja a la transición energética sin credibilidad.

Así, mientras ambos presidentes sonríen para la foto, le “hacen pistola” a quienes creen en una transición energética seria, técnica y responsable. Uno lo hace con cinismo explícito. El otro con épica vacía.

Ayer no fue un triunfo de la diplomacia.
Fue una advertencia.

Porque la transición energética no va a fracasar por culpa del petróleo.
Puede fracasar por culpa de la mentira.

Mientras la política prefiera el aplauso a la verdad,
la energía limpia seguirá siendo una promesa grandilocuente,
bien fotografiada,
pero técnicamente vacía.

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