Una perspectiva sobre energía, desarrollo y el valor de pensar desde el usuario y el territorio
Por Gerardo Chávez C.
Estas reflexiones nacieron después de leer “Colombia no necesita otra promesa energética”, artículo basado en la tesis y la perspectiva desarrolladas por Adriana Espinel para el Clúster de Energía de la Cámara de Comercio de Bogotá.
Comparto el planteamiento central de su exposición: Colombia tiene que aprender a convertir la energía en desarrollo. El artículo de Juan Daniel Correa puso esa discusión en movimiento y me llevó a abordarla desde un lugar que conozco bien: el servicio, los usuarios, la comunidad y los territorios.
La energía eléctrica permite cocinar, estudiar, producir, conservar alimentos, atender un hospital o mantener abierto un pequeño negocio. Es un servicio público básico. Además de preguntar cuánta podemos generar, conviene mirar cómo llega, quién participa, cuánto cuesta y qué bienestar produce.
Cuando el servicio se convierte en negocio
El Estado colombiano ha promulgado leyes y regulaciones para ordenar los mercados energéticos y permitir que empresas públicas, privadas o mixtas atiendan la demanda. Esa racionalidad económica protege las inversiones, sostiene la operación y procura la continuidad del suministro.
La tensión aparece cuando la rentabilidad desplaza el propósito básico del sistema: prestar un servicio con calidad y a un precio razonable.
La regulación contempla sanciones por interrupciones o deficiencias y también por un mal servicio. Pero si incumplir cuesta menos que corregir la causa, el incentivo queda mal puesto. Al operador puede resultarle más barato pagar una multa que hacer la inversión necesaria.
Regular las tarifas y sancionar fallas es indispensable, pero no suficiente. También importa revisar si las reglas sitúan al usuario en el centro y producen mejoras reales.
Si la energía se valora principalmente por el margen que deja a quien la suministra, su capacidad para generar desarrollo colectivo queda relegada.
Nuevas fuentes, la misma cabeza
El Sistema Interconectado Nacional es la gran red que lleva electricidad desde las plantas de generación hasta ciudades, industrias y hogares. Funciona mejor donde ya existen redes suficientes y muchos usuarios. En las localidades apartadas, extender cables y postes cuesta más, mientras el número de consumidores suele ser menor. Allí la inversión difícilmente cierra financieramente para una empresa.
Las energías renovables permiten pensar de otra manera porque aprovechan recursos disponibles en el territorio: sol, viento, agua, biomasa o calor de la tierra. Son soluciones naturales y concretas, “sin tanto perendengue”.
Sin embargo, todavía tendemos a incorporarlas dentro del modelo de siempre: una empresa genera, la energía viaja por redes y otro operador la entrega al usuario. Sustituimos una gran hidroeléctrica o termoeléctrica por paneles o aerogeneradores, pero conservamos la misma ruta, los mismos intermediarios y una regulación concebida para un sistema centralizado.
El punto no es prescindir de las redes ni relajar las exigencias técnicas. Las leyes 142 y 143 de 1994 ordenan la prestación del servicio eléctrico, y reglamentos como el RETIE protegen la seguridad de las instalaciones.
Lo que puede cambiar es la forma de organizar, operar y administrar cada solución. Una comunidad rural dispersa no funciona como una ciudad, y un corregimiento no tiene las mismas necesidades de una zona industrial. En algunos lugares será conveniente ampliar la red; en otros puede funcionar mejor un sistema aislado, una microrred o una solución administrada por la comunidad.
La transición energética no consiste solamente en cambiar el origen de la electricidad. También invita a repensar cómo se produce, quién la administra y de qué manera llega a cada territorio.
El valor de la autonomía
Las grandes redes pueden convivir con soluciones individuales, sistemas aislados y microrredes comunitarias.
Muchas industrias ya avanzan hacia una mayor autonomía. Invertir en generación solar, eólica o con biomasa puede resultar más conveniente que pagar tarifas crecientes dentro de un sistema expuesto a fallas de calidad y a la variabilidad de los embalses. Ingenios azucareros, cementeras y otras empresas utilizan desde hace años la cogeneración para asegurar parte de su suministro.
La pregunta más interesante aparece al mirar al ciudadano de a pie.
En lugares donde el servicio es costoso o deficiente, muchas familias y pequeños comercios consideran producir su propia energía. Una instalación solar individual puede reducir la dependencia del distribuidor tradicional.
El negocio cambia de lugar. Disminuye la intermediación y aumenta el valor para el usuario en forma de autonomía, continuidad y bienestar. A su alrededor pueden crecer instaladores, técnicos, operadores locales y pequeñas empresas de mantenimiento.
Imaginemos que la decisión no la adopta una familia, sino todo un barrio, una vereda o un corregimiento. La inversión podría financiarse mediante créditos pagados con cuotas cercanas al valor mensual de la factura.
Tendríamos una transición energética de manera orgánica, práctica y silenciosa: “sin aspavientos”. Podría avanzar con las normas existentes, sin esperar otro decreto ni una nueva declaración solemne.
En pequeño se puede. La suma de muchas soluciones puede producir un impacto considerable.
La lógica recoge un planteamiento de Adam Smith en La riqueza de las naciones: al buscar racionalmente su propio bienestar, una persona puede contribuir al beneficio colectivo incluso sin habérselo propuesto, que no es otra cosa que lo que sostenía Smith: “Al asegurar el bienestar y la prosperidad individual, el beneficio colectivo surge de manera natural”.
Llevada a la energía, la idea es sencilla: cuando una familia o un pequeño negocio invierte en un servicio más confiable y conveniente para resolver la necesidad de manera autónoma, el beneficio puede extenderse a su entorno. La suma de esas decisiones abre espacio para proveedores locales, empleo y actividad productiva, en lugar de seguir pagando una tarifa por el servicio al proveedor tradicional. Para que ocurra, se necesitan reglas equilibradas, financiación accesible y alternativas reales para el usuario.
Palmor: energía hecha por la comunidad
Palmor, en la Sierra Nevada de Santa Marta, permite observar esta posibilidad en funcionamiento. Desde comienzos de los años noventa, el corregimiento genera electricidad con una micro central hidroeléctrica alimentada por el río Cherúa.
La planta comenzó atendiendo 105 viviendas. Con el crecimiento de la población y el comercio llegó a prestar el servicio a cerca de 420 usuarios. La comunidad asumió su administración, operación y mantenimiento.
Conozco esa historia de cerca. Hacia 2013, cuando empezó a tomar forma una nueva etapa de ampliación, participé en el proceso desde el Programa de Energía Limpia para Colombia de USAID —CCEP, por sus siglas en inglés—, bajo la dirección de nuestro mentor y maestro José Eddy Torres.
José Eddy conocía bien el territorio. Muchos años antes había contribuido a liderar la construcción de la micro central original.
La ampliación, ejecutada entre 2014 y 2016 con la participación del CCEP, el IPSE y Electropalmor, incorporó una unidad de generación de 150 kilovatios, reparó la turbina existente y mejoró la subestación, las redes hidráulicas y eléctricas y la casa de máquinas. La intervención técnica incluyó el fortalecimiento de la organización comunitaria responsable del servicio.
Palmor no es solamente una obra de ingeniería ni una turbina movida por agua. Es una comunidad que convirtió un recurso local en electricidad, organización y patrimonio colectivo.
Su experiencia muestra que la energía puede producirse cerca de donde se consume y que los usuarios pueden participar en su administración. También permite imaginar economías locales alrededor de la instalación, la operación y el mantenimiento.
Palmor no es una fórmula para copiar sin contexto. Es la demostración de que el sistema convencional no es la única posibilidad.
Una rebeldía necesaria
Hay otros ejemplos. En el campo puede aprovecharse el biogás para cocinar o el agua para abastecer pequeñas comunidades. En Bogotá, sectores como Niza VIII y Ciudad Salitre cuentan desde hace décadas con sistemas solares para calentar agua. Son soluciones concretas que han funcionado casi en silencio.
La transición energética puede enriquecerse con una mirada más abierta, inclusiva y atenta al territorio.
Esto no supone desechar lo existente. Conviene conservar lo que funciona, revisar los incentivos problemáticos y probar alternativas con responsabilidad. La innovación no consiste únicamente en instalar una tecnología distinta. También puede transformar las relaciones entre el Estado, las empresas, las comunidades y los usuarios.
Tal vez haga falta una mirada rebelde, en el mejor sentido de la palabra: dispuesta a cuestionar inercias, ensayar soluciones y situar el bienestar en el centro sin desconocer la sostenibilidad económica.
Los cambios de paradigma rara vez ocurren por inercia. Requieren decisiones, experimentación y disposición para asumir riesgos.
Convertir energía en desarrollo invita a repensar cómo la producimos, la distribuimos y la utilizamos. Ninguna respuesta servirá por igual para todas las regiones, comunidades y personas.
La tecnología, la financiación y las normas tendrán que acompañar el proceso.
Tal vez el primer paso sea cambiar la cabeza.
Sobre el autor
Gerardo Chávez C. es administrador de empresas y cuenta con algo más de cuarenta años de experiencia en consultoría, investigación económica, estudios de mercado y sistemas de información. Se ha especializado en metodologías estadísticas y trabajos de campo sobre los usos de la energía en ámbitos rurales y sectores productivos. Ha trabajado con instituciones públicas y privadas de los sectores energético, ambiental y de mercados. Formó parte del Programa de Energía Limpia para Colombia —CCEP, por sus siglas en inglés— en el diseño, puesta en marcha y coordinación territorial de los Planes de Energización Rural – PERS.
Fuentes
- Adam Smith, La riqueza de las naciones, libro IV, capítulo II.
- USAID–CCEP, informe final del Programa de Energía Limpia para Colombia.
- Electropalmor, historia de la microcentral y su administración comunitaria.
- El Espectador, “El pueblo que genera su propia luz”.
- Portafolio, “Gobierno les apuesta a las microcentrales hidroeléctricas”.





