Por: Juan Daniel Correa Salazar
Escenario del CCB Tech Day 2026 en Ágora Bogotá, con Ovidio Claros y varios robots humanoides frente al público.

Una inmersión en la ola tecnológica que ya comenzó a cambiar las reglas.

El primer gesto fue ofrecer el rostro.

No mostrar una cédula ni decir un nombre. Apenas mirar una máquina.

En la entrada del CCB Tech Day 2026, realizado el 23 de julio en Ágora Bogotá, el registro biométrico verificaba la identidad y abría las puertas al evento. Podía parecer una facilidad logística; contenía algo más: durante un instante, el cuerpo había sido contraseña.

Identidad confirmada.

Adelante.

Atravesé la puerta con la impresión de haber llegado al futuro. Bastaron unos minutos para entender que esa palabra ya no servía. La inteligencia artificial escribe, diagnostica, programa y conversa. Los robots caminan, inspeccionan fábricas y ensayan pasos de baile. La biología sintética trata la vida como un sistema que puede leerse, editarse y quizá reescribirse.

La ciencia ficción anterior a internet nos preparó para máquinas gigantescas, ciudades flotantes y computadores encerrados en naves espaciales. El cambio llegaría con estruendo, luces rojas y una voz metálica anunciando que habíamos perdido el control.

La realidad eligió un guion más sigiloso: convirtió lo extraordinario en costumbre antes de que alcanzáramos a notarlo.

La herramienta más disruptiva de nuestra época cabe en un teléfono, responde con amabilidad y pregunta si puede acceder al micrófono. El monstruo ya no derriba la puerta.

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Una ola dentro del edificio

En 2023, Mustafa Suleyman —cofundador de DeepMind y hoy CEO de Microsoft AI— publicó junto con Michael Bhaskar The Coming Wave. El libro sitúa en el centro de esta transformación dos fuerzas: la inteligencia artificial y la biología sintética. La robótica completa el movimiento: la inteligencia abandona la pantalla, adquiere cuerpo y actúa sobre el mundo.

Suleyman llama “problema de la contención” al desafío de mantener el control sobre herramientas cada vez más poderosas, baratas, accesibles y difíciles de detener.

Las necesitamos para combatir enfermedades, enfrentar la crisis climática y mejorar la productividad. Cada solución, sin embargo, proyecta una sombra. La IA que ayuda a diseñar un medicamento también puede facilitar el diseño de un patógeno. El sistema autónomo que inspecciona un oleoducto puede seleccionar un objetivo militar. El modelo que amplía el acceso al conocimiento puede fabricar mentiras a escala industrial.

La ola surge cuando esas tecnologías comienzan a potenciarse entre sí.

En Ágora, esa convergencia era visible: simuladores de vuelo y Fórmula 1, realidad virtual, ciberseguridad, robots cuadrúpedos y humanoides que bailaban frente a la multitud.

El recinto tenía algo de zoológico invertido. Las nuevas especies ocupaban el centro y los humanos nos agrupábamos alrededor, fascinados y cautelosos, con los teléfonos en alto. Cada movimiento del perro robot, cada paso torpe o sorprendentemente fluido del humanoide, desataba una pequeña ceremonia de pantallas. Los observábamos como rarezas, aunque pronto dejarían de serlo.

Lo más revelador no eran los robots.

Éramos nosotros mirándolos.

Y había razones para el asombro. En solo un año, algunos agentes de IA pasaron de resolver el 20 % de las tareas informáticas reales de una prueba especializada al 77,3 %. Ya no se limitan a responder preguntas: reciben un objetivo, operan un computador, ejecutan comandos y corrigen sus errores.

La curva no puede prolongarse como una línea recta. Aun así, obliga a preguntar: si esto ocurre en 2026, ¿qué podrán hacer en 2027, 2028 o 2030?

No conocer la respuesta es parte del vértigo.

En apenas tres años, la inteligencia artificial generativa llegó a cerca del 53 % de la población. Entró en nuestras casas sin cuerpo, a través del teléfono, el buscador, el correo, la oficina y las tareas escolares. La adoptamos porque resultaba útil; casi sin advertirlo, comenzamos a cederle pequeñas decisiones cotidianas.

El mundo físico ofrece más resistencia. En ciertas pruebas domésticas, los robots completan correctamente cerca del 12 % de las tareas. En una habitación deben reconocer objetos, calcular distancias y reaccionar ante lo imprevisible: una puerta entreabierta, un juguete en el suelo, un gato que cruza.

Un modelo puede analizar millones de datos en segundos y un robot perder la batalla contra una camisa arrugada.

La inteligencia acelera.

El mundo conserva sus pliegues.

Nada de esto es virtual

La realidad virtual contenía una paradoja: revelaba cuánto mundo físico exige lo inmaterial.

En medio del ruido, varios escenarios funcionaban a la vez mediante audífonos inalámbricos. Bastaba cambiar de canal para pasar de ciberseguridad a inteligencia artificial, de gobierno digital a negocios, sin levantar paredes ni competir por el aire.

Cientos de personas compartían el espacio mientras escuchaban mundos distintos.

Una Babel con selector de canales.

La innovación resolvía un problema y revelaba otro.

Cada respuesta de una inteligencia artificial depende de centros de datos, semiconductores, minerales, refrigeración, agua y redes eléctricas. Cada frase aparentemente inmaterial termina convertida en calor.

La Agencia Internacional de Energía estima que el consumo eléctrico mundial de los centros de datos podría superar los 945 teravatios hora en 2030: más de lo que hoy consume Japón y casi once veces toda la electricidad que demandó Colombia en 2025.

La respuesta aparece en segundos; la infraestructura vive en otro reloj. Un centro de datos puede entrar en operación en dos o tres años. Tender una nueva línea de transmisión tarda entre cuatro y ocho.

Las máquinas aprenden más rápido de lo que construimos las redes para alimentarlas.

La pregunta no es solo qué podrá hacer la inteligencia artificial, sino quién va a energizarla, con cuáles recursos, a qué costo y para beneficio de quién.

Por eso la sostenibilidad no se reduce al ambiente. Integra cuatro dimensiones inseparables: la económica evalúa la viabilidad y el reparto de costos y beneficios; la ambiental, el uso de energía, agua y materiales, y las emisiones; la social, quién participa, quién queda fuera y quién decide; la tecnológica, eficacia, seguridad y resiliencia.

No son variables intercambiables. Si una dimensión falla, el conjunto deja de ser sostenible: puede ser rentable, pero destructivo; limpio, pero excluyente; justo, pero inviable; eficaz, pero vulnerable.

Podemos acelerar y, aun así, avanzar en la dirección equivocada.

En el trabajo ya aparece una señal. Al analizar millones de registros salariales en Estados Unidos, un estudio encontró una caída relativa del 16 % en el empleo de jóvenes de 22 a 25 años dentro de las ocupaciones más expuestas a la inteligencia artificial.

No es el fin del trabajo.

La escalera sigue en su sitio; sus primeros peldaños empiezan a desaparecer.

Y el trabajo es apenas uno de los frentes. La transformación más profunda quizá ocurra en los laboratorios.

Durante décadas programamos computadores. Ahora comenzamos a programar células.

La combinación de inteligencia artificial, automatización y edición genética está transformando el laboratorio. En 2025, una plataforma autónoma mejoró dos enzimas tras cuatro rondas de experimentación realizadas en cuatro semanas. Lo decisivo no fue solo la velocidad: el sistema participó en el ciclo de proponer, probar, analizar y volver a intentar.

La máquina ya no se limita a calcular la vida. Empieza a experimentar con ella.

De esa capacidad pueden surgir medicamentos, alimentos, biomateriales y microorganismos que degraden contaminantes. También usos maliciosos, errores difíciles de contener y organismos cuyos efectos traspasen los muros del laboratorio.

Un programa que falla conserva una salida: apagarlo.

Un organismo diseñado en laboratorio, una vez liberado, puede reproducirse, mutar y propagarse.

Fuera del laboratorio, no siempre hay forma de detenerlo ni botón de “deshacer” que borre sus efectos.

La mayor sorpresa esperaba al final

Durante el recorrido intenté distinguir demostración, utilidad y promesa. Probar y preguntar era la única forma de impedir que el asombro se convirtiera en obediencia.

Varias empresas de inteligencia artificial, robótica, ciberseguridad y automatización entregaban como recuerdo dos tecnologías sin pantalla, batería ni conexión: una libreta y un esfero.

Podían parecer simples objetos promocionales. Soy escritor: no salgo de casa sin ellos. Entre sensores, algoritmos y robots bailarines, aquella superficie en blanco no era una reliquia. Era la forma más familiar que conozco de pensar.

Escribir a mano cambia el ritmo. La intuición debe atravesar el cuerpo antes de convertirse en frase. El pensamiento vacila, el esfero se detiene, una palabra reemplaza a otra. En el papel, el error no desaparece: se tacha y deja rastro. Pensar también consiste en recordar por dónde nos equivocamos.

La libreta tampoco es infalible. Guarda los errores con la misma fidelidad que los hallazgos y puede extraviarse con ambos. Su valor está en otra parte: no responde por nosotros. Nos obliga a elegir las palabras.

Mientras escribo estas líneas, una inteligencia artificial trabaja conmigo. Le pido que contraste una cifra, revise una frase o detecte una repetición. Me corrige; yo la corrijo. Propone, descarto, discutimos y volvemos a empezar. A veces encuentra una palabra que yo no veía. Otras, se equivoca con una seguridad admirable.

Escribimos juntos, aunque no desde el mismo lugar. La máquina no atravesó la puerta biométrica, no vio bailar a los robots ni llenó una libreta en Ágora. Yo sí. Ella amplía la búsqueda, acelera las comprobaciones y pone mis ideas bajo presión. La experiencia, la decisión final y la firma siguen siendo mías.

Por ahora.

Quizá diseñemos organismos y confiemos parte de nuestras decisiones a agentes autónomos. Aun entonces necesitaremos formular una pregunta, dibujar un mapa, anotar una duda o perseguir una frase hasta entender qué queríamos decir.

Salí de Ágora con la misma libreta con la que había entrado, ahora llena de preguntas y tachaduras. Mi rostro me abrió la puerta; mi mano intentó comprender lo que había al otro lado. Después, una máquina me ayudó a ordenar esas huellas.

El futuro ya abrió la puerta.

Nos toca decidir cómo atravesarla.

Y esa historia, incluso si llegamos a Marte, se seguirá escribiendo a mano. No porque las máquinas no sepan escribir, sino porque todavía somos nosotros quienes respondemos por lo escrito.

Si algún día una máquina puede hacerlo de verdad, no habrá cambiado solo la escritura.

¿Seguiremos escribiendo la historia o habremos entrado, sin advertirlo, en una escrita por ellas?

Fuentes

Cámara de Comercio de Bogotá. CCB Tech Day 2026: agenda, escenarios y descripción del encuentro.
https://techday.ccb.org.co/

Suleyman, Mustafa y Michael Bhaskar. The Coming Wave: Technology, Power, and the Twenty-first Century’s Greatest Dilemma. Crown, 2023.
https://the-coming-wave.com/

Stanford Institute for Human-Centered Artificial Intelligence. Artificial Intelligence Index Report 2026.
https://hai.stanford.edu/assets/files/ai_index_report_2026.pdf

Agencia Internacional de Energía. Energy and AI. París, 2025.
https://www.iea.org/reports/energy-and-ai

Unidad de Planeación Minero Energética de Colombia. Plan Indicativo de Expansión de la Generación 2025–2039.
https://docs.upme.gov.co/SIMEC/Energia%20Electrica/PIEG/2025-2039/Plan_Generacion_2025-2039.pdf

Brynjolfsson, Erik; Bharat Chandar y Ruyu Chen. Canaries in the Coal Mine? Six Facts about the Recent Employment Effects of Artificial Intelligence. Stanford Digital Economy Lab, 2025.
https://digitaleconomy.stanford.edu/publication/canaries-in-the-coal-mine-six-facts-about-the-recent-employment-effects-of-artificial-intelligence/

Singh, Nilmani, et al. “A generalized platform for artificial intelligence-powered autonomous enzyme engineering”. Nature Communications, 2025.
https://www.nature.com/articles/s41467-025-61209-y

Lectura relacionada

Correa Salazar, Juan Daniel. “El escritor y la máquina”. Energía Limpia, 17 de marzo de 2026.
https://energialimpia.co/es/el-escritor-y-la-maquina/

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