Por: Juan Daniel Correa Salazar
Vista aérea de una carretera que atraviesa el paisaje verde de Ibagué, Tolima, con los logos de BNamericas y Energía Limpia.

Por Juan Daniel Correa Salazar, en colaboración con BNamericas

El país cambió de gobierno un viernes. Tres días después, cambió de realidad.

El 10 de agosto, la tierra se movió. Colombia cuenta sus muertos, busca a sus desaparecidos, atiende a sus heridos y acompaña a quienes perdieron su casa, su trabajo o a alguien querido. Las pérdidas preliminares rondan los 30 billones de pesos. Detrás de esa cifra hay familias que todavía duermen con miedo y comunidades que apenas comienzan a comprender lo ocurrido.

Este es el punto de partida: una reconstrucción inmensa, poco margen fiscal, una economía necesitada de inversión y confianza, y brechas sociales y territoriales agravadas por la emergencia.

El relevo político ha despertado una expectativa comprensible. Venimos de un periodo marcado por la incertidumbre y por una relación difícil entre el Gobierno, las empresas y los mercados. La sabiduría popular dice que “escoba nueva barre bien”. En economía, ese crédito inicial solo se sostiene con señales claras, reglas estables, acuerdos posibles y capacidad de ejecución.

Pero la realidad no concede periodos de gracia. Mientras Colombia mira los escombros, Tolima arde.

Los incendios ya han afectado alrededor de 11.000 hectáreas. En las jornadas más críticas llegaron a estar activos más de treinta al mismo tiempo. Durante los últimos días, la lluvia apenas ha alcanzado una fracción de lo habitual, la temperatura ha aumentado y los ríos han perdido caudal.

Las autoridades atribuyen la mayoría de estos incendios a causas humanas. El Niño no prende el fósforo, pero seca el campo donde cae.

Según NOAA, El Niño tiene una probabilidad superior al 90 % de alcanzar una intensidad muy fuerte durante el cierre de 2026 y el comienzo de 2027, y una del 69 % de llegar a niveles históricos entre octubre y diciembre. Sus efectos ya se sienten en el agua, la agricultura, los ecosistemas, los acueductos y la generación eléctrica, y podrían agravarse durante los próximos meses.

El terremoto ocurrió en segundos. Los efectos de El Niño se acumulan durante meses.

Colombia debe responder a los dos frentes al mismo tiempo.

La energía que sostiene lo esencial

Cuando la tierra tembló, las fallas y los cortes redujeron cerca del 18 % de la demanda eléctrica nacional. Los operadores recuperaron casi todo el servicio durante las primeras horas. Esa respuesta mostró experiencia y capacidad para actuar bajo presión.

También recordó para qué sirve la energía.

Energía es un hospital funcionando, agua en una tubería, una antena encendida, medicamentos refrigerados y luz en el lugar donde duerme una familia que perdió su casa.

Colombia produce buena parte de su electricidad con agua. Esa característica permite contar con una matriz comparativamente limpia, pero también aumenta la exposición del sistema a las sequías. Cuando llueve menos, los embalses bajan y las hidroeléctricas generan menos. Las centrales térmicas deben entonces aumentar su producción con gas y otros combustibles. Para hacerlo necesitan combustible disponible, infraestructura para transportarlo y recursos para comprarlo.

Así se sostiene el sistema durante una temporada seca.

La generación solar ha avanzado con rapidez. El Plan 6GW+, propuesto por el gobierno saliente, se fijó como meta incorporar al menos 6 GW de capacidad instalada de fuentes limpias —solar, eólica y pequeñas centrales hidroeléctricas— entre agosto de 2022 y agosto de 2026.

Con corte al 16 de agosto, la UPME contabilizaba 5.081 MW dentro del plan: 3.844 MW en operación y 1.237 MW en pruebas. El crecimiento ha sido significativo, pero se ha concentrado principalmente en la energía solar. La generación eólica a gran escala continúa rezagada, pese al enorme potencial del Caribe.

La solar y la eólica pueden diversificar la generación, reducir el uso de combustibles y ayudar a cuidar el agua de los embalses. Pero producir electricidad es apenas una parte del sistema. Esa energía necesita redes para llegar hasta donde se consume, almacenamiento para utilizarla en otros momentos y respaldo para mantener el servicio cuando el sol, el viento o el agua resultan insuficientes.

El gas forma parte de ese respaldo. Sirius —un hallazgo de aproximadamente 6 terapies cúbicos en aguas profundas del Caribe colombiano, desarrollado por Petrobras y Ecopetrol— podría ampliar de manera importante la oferta nacional. Su primera producción se proyecta entre 2029 y 2030. Antes deben avanzar las licencias, las consultas previas, la infraestructura para llevar el gas a tierra y la ejecución del proyecto.

El gas de mañana no sostiene el sistema de hoy.

Hablar de energía limpia tampoco significa únicamente cambiar la fuente con la que producimos electricidad. Implica generar con menores impactos, usar mejor la energía, reducir pérdidas, modernizar las redes, gestionar la demanda y contar con almacenamiento y respaldo.

La transición energética se entiende cuando vemos todas sus piezas: generación, transmisión, distribución, almacenamiento, eficiencia y confiabilidad.

La combinación exacta puede discutirse. Lo esencial es que el sistema completo funcione.

Colombia tiene con qué

Once días antes del terremoto, BNamericas y Energía Limpia reunimos a empresarios, especialistas y líderes sectoriales para analizar el escenario que encontraría el nuevo gobierno.

De ese encuentro debía salir un texto de conclusiones y recomendaciones. El terremoto cambió la escala de la conversación: las preguntas sobre inversión, energía e infraestructura se convirtieron también en preguntas sobre capacidad de respuesta y reconstrucción. Publicar aquellas conclusiones sin revisar su significado habría sido ignorar la realidad que ahora atraviesa cada decisión.

Este artículo nace de esa revisión. Parte de la responsabilidad de Energía Limpia es poner la información en contexto, ajustar el análisis cuando la realidad cambia y volver a preguntar qué significa para el país.

Andrés Pardo, de XP Investments, presentó una economía con poco margen fiscal, presiones inflacionarias y una inversión que necesita recuperar dinamismo. Su análisis invitó a aterrizar el optimismo: existen fortalezas y oportunidades, pero aprovecharlas exige ordenar las finanzas públicas, recuperar la inversión y restablecer la confianza.

Los aportes de BNamericas recorrieron tres escalas. Juan Gamboa situó a Colombia dentro de un ciclo más amplio: América Latina tiene un enorme potencial, despierta el interés de la banca internacional y vuelve a ocupar un lugar central en el radar de los inversionistas globales.

Carlos Gaviria Duque trazó el mapa nacional: una cartera activa superior a los US$188.000 millones, distribuida en cerca de 460 proyectos de seis sectores estratégicos. Michael Place concentró la mirada en la energía: un sistema con menor margen de maniobra, déficits crecientes de energía firme y 225 proyectos activos por US$45.100 millones, de los cuales apenas 26 están en construcción.

Una cartera activa reúne iniciativas en distintas etapas. No significa que todas tengan financiación asegurada ni que las obras hayan comenzado. Ahí aparece la paradoja: no faltan proyectos, recursos ni interés. La distancia está entre lo proyectado y lo ejecutado.

En la presentación de Energía Limpia propuse observar esa distancia a través de tres relojes: el clima, en meses; el poder, en titulares; la infraestructura, en años.

El clima se mueve por temporadas. Unos meses de sequía o de lluvias por debajo de lo esperado pueden reducir el nivel de los embalses, aumentar la presión sobre el sistema eléctrico y alterar las necesidades nacionales.

Pero la naturaleza también tiene tiempos más abruptos. La presentación hablaba del clima en meses. El terremoto nos obligó a pensar en segundos: el tiempo que tarda la tierra en moverse, un territorio en cambiar y una emergencia en comenzar. Las primeras decisiones deben tomarse en minutos; la atención se mide en horas y días.

El poder se mueve al ritmo de los titulares. Una elección, un anuncio o una crisis pueden modificar rápidamente las prioridades del gobierno, el centro de la conversación pública y las señales que reciben empresas e inversionistas.

La infraestructura tiene otro ritmo. Una línea de transmisión, una central de generación, un gasoducto o una carretera requieren planeación, consultas, licencias, financiación y construcción. Entre la decisión y la puesta en operación pueden pasar años.

Tres relojes. Un solo país.

La emergencia hizo visibles todos esos tiempos a la vez. La naturaleza cambió la realidad en segundos, las prioridades políticas se reorganizaron de inmediato y las obras necesarias para responder y reconstruir conservarán el ritmo de los años.

Lo aplazado durante años puede hacerse indispensable en cuestión de horas. Una crisis cambia las prioridades, pero no reduce el tiempo necesario para construir una red eléctrica, recuperar una vía o garantizar servicios esenciales.

La tragedia expuso nuestras fragilidades. La respuesta también mostró la experiencia, el conocimiento y la capacidad acumulados.

Colombia tiene con qué: proyectos, empresas, recursos naturales, instituciones con experiencia y personas capaces de ejecutar. También enfrenta necesidades urgentes y restricciones serias. La tarea es conseguir que esas capacidades actúen como un sistema.

Generamos energía donde faltan redes para transportarla. Hay proyectos detenidos en regiones que necesitan inversión. El capital busca oportunidades, mientras muchas comunidades entran en la conversación cuando las decisiones ya están avanzadas. La información existe, pero pocas veces llega completa y a tiempo a quienes deben decidir.

Cada sector conoce su parte. Nos cuesta ver y articular el conjunto.

Llevamos décadas hablando de coordinación. La diferencia es que ahora el costo de aplazarla está a la vista. El riesgo climático, la seguridad energética, las finanzas públicas y la reconstrucción terminan encontrándose en los mismos territorios, presupuestos y proyectos.

Coordinar no es empezar de cero. Es lograr que la información, los recursos y las decisiones lleguen juntos y a tiempo.

El país que responde

Después del terremoto comenzó a moverse otra Colombia.

Los organismos de socorro, las autoridades, las Fuerzas Militares, los equipos médicos, las empresas, las organizaciones sociales y miles de ciudadanos respondieron desde distintos lugares y con capacidades diferentes.

Hasta el 16 de agosto, la Alcaldía de Bogotá y la Cruz Roja habían movilizado 1.337 toneladas de ayuda humanitaria mediante 109 envíos a seis ciudades afectadas. La campaña Empresas Unidas por Colombia, articulada por la ANDI, reunió $201.637 millones aportados por más de cien empresas y destinados a una fiducia.

La movilización privada fue aún mayor. Al sumar los principales compromisos anunciados por empresas, fundaciones y grandes fortunas, las estimaciones publicadas superaban los $500.000 millones. La cifra reúne recursos económicos, donaciones en especie y capacidades logísticas y técnicas; no corresponde a dinero depositado en un único fondo.

Entre los mayores aportes anunciados estuvieron los $150.000 millones de la familia Gilinski, los $100.000 millones de la familia Santo Domingo y los $100.000 millones de David Vélez. Otras empresas pusieron al servicio de la emergencia alimentos, medicamentos, materiales, maquinaria, transporte y personal especializado.

La solidaridad también miró hacia la educación. Shakira viajó al Chocó y, a través de la Fundación Pies Descalzos y una alianza con la Fundación Howard G. Buffett, se comprometió a apoyar la reconstrucción de diez escuelas y de la Universidad Tecnológica del Chocó.

Pero buena parte de la respuesta ocurre lejos de las cámaras. Miles de personas han removido escombros, cocinado para desconocidos, prestado vehículos, recogido donaciones o puesto su trabajo al servicio de quienes lo perdieron todo. En Tolima, campesinos, bomberos, soldados y voluntarios han enfrentado las llamas mientras llegan los refuerzos.

Ahora comienza otra fase. Los compromisos deberán convertirse en recursos efectivos; la ayuda, llegar a quienes la necesitan. La reconstrucción exigirá decisiones difíciles sobre prioridades, transparencia y uso del dinero.

La respuesta deja una señal poderosa: cuando existe una causa común, Colombia sabe reunir capacidades que normalmente permanecen dispersas.

El desafío es conservar esa fuerza cuando termina la atención inmediata y comienza el trabajo largo, silencioso y menos visible.

Reconstruir con energía

Todavía es temprano para saber cómo debe reconstruirse cada población. Las respuestas deberán partir de sus habitantes, las condiciones del territorio, los riesgos, el conocimiento técnico y los recursos disponibles.

Pero ya podemos hacer mejores preguntas.

¿Puede una vivienda reconstruida ser más segura, consumir menos energía y contar con respaldo para lo esencial? ¿Pueden un hospital, un acueducto o una escuela mantener sus servicios durante una interrupción prolongada? ¿Puede esa escuela funcionar también como refugio y punto de comunicación? ¿Pueden las comunidades participar desde el comienzo en las decisiones que transformarán sus territorios?

La reconstrucción ofrece la posibilidad de reducir riesgos y prepararnos mejor. La energía debe formar parte del diseño, no añadirse al final.

Esto exige trabajar en dos escalas. En la nacional, Colombia tendrá que asegurar el suministro durante El Niño mientras amplía la generación renovable, fortalece la transmisión, incorpora almacenamiento y mejora la eficiencia. El respaldo térmico y el gas ayudarán a mantener la confiabilidad durante ese proceso.

En la local, la generación distribuida, los paneles solares, las baterías y las microrredes pueden respaldar instalaciones críticas y comunidades apartadas. También reducen la dependencia de redes vulnerables a deslizamientos, inundaciones y fallas.

Pero instalar tecnología no basta. La resiliencia exige edificaciones eficientes, equipos bien dimensionados, almacenamiento, mantenimiento y personas capacitadas para operar las soluciones.

Los nuevos proyectos también requerirán reglas estables, protección ambiental y participación temprana de las comunidades. La infraestructura debe construirse con los territorios, no simplemente llegar a ellos.

Habrá diferencias sobre qué construir primero, cómo financiarlo y quién deberá sostenerlo. Es una discusión necesaria. El desafío es atender la urgencia sin reproducir las vulnerabilidades que la tragedia dejó expuestas.

Reconstruir no consiste únicamente en levantar lo que cayó. También significa preparar lo que deberá permanecer en pie.

La razón de Energía Limpia

Escribo sobre energía y también con energía: para comprender el país, conectar ideas y convertir conocimiento en acción.

Cuando la miramos de cerca, aparece Colombia entera. Allí están la economía, el clima, la tecnología y el territorio. También quienes deciden, quienes invierten, quienes viven los impactos y quienes esperan que cada proyecto deje algo más que una obra.

Energía Limpia nació de esa mirada: reunir lo que el país suele discutir por separado.

Investigamos, contrastamos y escuchamos. Relacionamos los datos con su momento, los proyectos con las personas y las ideas con los caminos para hacerlas realidad. Cuando el contexto cambia, revisamos la lectura. En medio del ruido, buscamos las señales que ayudan a decidir.

Ese es nuestro lugar: comprender el conjunto, articular capacidades y contribuir a que el conocimiento produzca resultados.

Este texto completa una trilogía que he escrito para pensar el momento que vive Colombia. La hora de juntar las piedras es una invitación a reconocernos en medio de la división. La Hora del Tigre, a comprender que la política, el clima y la infraestructura avanzan a ritmos distintos, y a preguntarnos seriamente si debemos adelantar las manecillas del reloj.

Esta es la tercera pieza: La hora de mover el país.

Moverlo significa lograr que la información, los recursos y las decisiones lleguen juntos y a tiempo. Convertir los proyectos en obras, la solidaridad en trabajo sostenido y la confianza en una forma de avanzar.

Creo en Colombia por lo que he visto en su gente, sus comunidades, sus empresas y sus instituciones. El terremoto expuso nuestras fragilidades. La respuesta también ha mostrado nuestra fuerza.

El país cambió de realidad.

Lo que hagamos a partir de ahora definirá su rumbo.

Es la hora de mover el país.

Fuentes

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