La hora de juntar las piedras

Jun 22, 2026 | Destacadas, Noticias, Opinión, Política y regulación, Sostenibilidad, Vida

Por: Juan Daniel Correa Salazar
Camisetas de la Selección Colombia iluminan una fachada deteriorada en medio de un entorno urbano.

Sobre la costumbre de convertir compatriotas en enemigos y la necesidad urgente de volver a construir país

No voy a decir por quién voté.

He empezado a sospechar que en Colombia ya no preguntamos por quién votó alguien para conocer su opinión política. Preguntamos para decidir si debemos odiarlo.

Suena excesivo. Ojalá lo fuera.

Si dijera que voté por Iván Cepeda, una parte del país dejaría de ver a Juan Daniel Correa. De un momento a otro me convertiría en guerrillero, cómplice de criminales, enemigo de la empresa, de la seguridad, de la libertad y de cualquier idea elemental de autoridad. Si dijera que voté por Abelardo de la Espriella, ocurriría exactamente lo contrario. Sería mafioso, vendepatrias, enemigo de la cultura, del medio ambiente, de los animales, de la energía limpia y de cualquier idea asociada al progreso.

Y si dijera que voté en blanco, probablemente sería peor. Porque al menos los otros dos bandos tienen una tribu que los defienda. El voto en blanco suele despertar una forma especial de desprecio. Entonces sería un tibio, un pusilánime, un mediocre, un cobarde incapaz de asumir una posición cuando, según unos y otros, está en juego el destino mismo de la República. Me convertiría, simultáneamente, en responsable de la victoria de unos y de la derrota de otros.

Lo inquietante no son los insultos. Lo inquietante es la facilidad con la que una persona desaparece detrás de ellos.

La condena llega antes que la conversación. El veredicto aparece antes que los argumentos. Una decisión electoral termina explicándolo todo. Poco a poco hemos empezado a reemplazar ciudadanos por caricaturas.

Y tal vez esa sea la noticia más importante de este momento colombiano. No porque determine quién ocupará la Casa de Nariño ni porque defina el resultado de una contienda especialmente reñida. Lo verdaderamente importante es otra cosa: aquello en lo que nos estamos convirtiendo mientras discutimos sobre todo lo demás.

Porque las elecciones terminan. Los gobiernos terminan. Incluso las crisis terminan. Lo que permanece es la forma en que una sociedad aprende a mirarse a sí misma.

Mientras escribo estas líneas, una parte del país celebra y otra parte se lamenta. Unos hablan como si hubiera comenzado una nueva era. Otros como si hubiera empezado una larga noche. Unos se sienten dueños de la victoria. Otros víctimas de una derrota histórica.

Y, sin embargo, el país real sigue ahí.

Las calles amanecen iguales. Los comerciantes levantan sus persianas. Los vendedores ambulantes ocupan las mismas esquinas. Los buses siguen llenos. La gente sale a trabajar. Los cerros observan la ciudad con la misma indiferencia de siempre.

Basta abrir las redes sociales para encontrar dos países distintos: uno convencido de que acaba de salvar la República y otro persuadido de que acaba de perderla.

Y es entonces cuando vuelvo a tres lugares desde los que llevo años observando a Colombia: la energía, la sostenibilidad y la cultura.

Mientras millones de personas discuten quién gana y quién pierde, las líneas de transmisión siguen esperando obras. Los proyectos energéticos continúan enfrentando obstáculos regulatorios, financieros y sociales. Los embalses siguen dependiendo de las lluvias. El clima avanza según sus propias reglas.

La naturaleza no sabe quién ganó. Las sequías no votan, los fenómenos climáticos no tienen ideología y el sistema eléctrico colombiano tampoco.

Durante años hemos discutido la transición energética como si se tratara de una disputa entre visiones irreconciliables del país. Unos parecen convencidos de que el petróleo y el gas representan una falta moral. Otros actúan como si cualquier preocupación ambiental fuera una amenaza para el desarrollo.

Mientras tanto, la realidad sigue esperando.

Colombia ha avanzado en energías renovables, pero la transición energética sigue quedándose corta frente a los desafíos del país. Los retrasos de proyectos estratégicos en La Guajira, las dificultades para expandir la infraestructura de transmisión, los obstáculos para conectar nueva generación al sistema y la distancia creciente entre las metas anunciadas y las obras efectivamente ejecutadas muestran que la tarea está lejos de haber terminado.

La palabra más importante de esta discusión es precisamente la más olvidada: transición. No una ruptura ni una cruzada, sino un tránsito que exige ambición ambiental, rigor técnico, inversión y capacidad de ejecución.

Colombia aporta una fracción mínima de las emisiones globales, pero figura entre los países más vulnerables al cambio climático. Esa paradoja debería obligarnos a pensar mejor.

Porque ni los eslóganes producen energía ni los extremos generan un solo kilovatio.

Algo parecido ocurre con la cultura.

Durante demasiado tiempo hemos actuado como si fuera un lujo reservado para cuando los asuntos importantes estuvieran resueltos.

Y, sin embargo, los gobiernos pasan mucho más rápido que las canciones.

Los ministros desaparecen antes que los relatos, los saberes, las fiestas y las memorias que permiten que una sociedad entienda quién es.

La cultura no es un adorno de la nación. Es el tejido de relatos, saberes y memorias que mantiene unido aquello que compartimos.

Por eso necesita algo más que discursos: necesita sostenibilidad, gestión y la capacidad de generar valor sin renunciar a su esencia.

Lo mismo ocurre con los animales, otro tema atrapado por la polarización. Colombia ha dado pasos importantes en materia de protección animal. Eso merece reconocimiento. Lo que no merece es convertirse en otra frontera de odio.

Porque la experiencia demuestra algo elemental: la mayoría de las personas no vota movida por el odio. Vota movida por una mezcla compleja de esperanza, temor, memoria, experiencia y convicciones.

Por eso me cuesta creer que millones de colombianos voten por Abelardo de la Espriella porque desean destruir la naturaleza o la cultura. Y me cuesta creer, con la misma intensidad, que millones voten por Iván Cepeda porque simpatizan con la criminalidad o desprecian la empresa privada.

Ambas simplificaciones producen exactamente el mismo daño.

Sustituyen personas reales por personajes imaginarios.

Mientras tanto, el país real sigue esperando.

Sigue esperando mejores instituciones, mejores oportunidades, mejores sistemas educativos, mejores soluciones energéticas y mejores conversaciones.

Quizás por eso me llama tanto la atención ver cómo incluso la camiseta de la Selección Colombia termina arrastrada hacia la disputa electoral. Parece una anécdota menor, pero dice algo profundo sobre nosotros.

Un país que empieza a desconfiar de todo termina desconfiando incluso de sus símbolos compartidos.

Mañana volverá a jugar Colombia. Millones de personas que hoy se enfrentan en redes sociales vestirán la misma camiseta, cantarán el mismo himno y celebrarán los mismos goles. Durante noventa minutos recordarán algo que la política parece empeñada en hacernos olvidar: compartimos mucho más de lo que nos separa.

No es una idea nueva. Alemania vivió algo parecido tras la caída del Muro de Berlín. La reunificación había ocurrido apenas unos meses antes del Mundial de 1990 y el país seguía intentando reconciliar dos historias, dos experiencias y dos maneras de entenderse a sí mismo. El fútbol no resolvió esas tensiones ni borró las diferencias de un día para otro. Pero la conquista de aquel Mundial ayudó a producir una imagen poderosa: la de millones de personas volviendo a reconocerse bajo una misma bandera y como parte de una misma comunidad.

Colombia no necesita unanimidad, obediencia ni pensamiento único. Necesita recuperar la capacidad de convivir con el desacuerdo sin convertirlo en una guerra permanente.

Quizás por eso nunca he dejado de encontrar algo profundamente significativo en una de las frases más conocidas de nuestro himno nacional:

«Cesó la horrible noche».

Todos la cantamos. Pocos nos detenemos a pensar en ella.

Porque la horrible noche no termina cuando gana nuestro candidato. No termina cuando humillamos al adversario. No termina cuando convertimos la política en religión. No termina cuando confundimos una victoria electoral con una superioridad moral.

La horrible noche termina cuando somos capaces de construir algo juntos.

Y quizás por eso también resulta llamativo que, en medio de una campaña tan agresiva y tan cargada de acusaciones, Dios haya terminado ocupando un lugar tan visible en el discurso de todos. En un país profundamente creyente, la fe volvió a desfilar por las plazas públicas, por los debates y por las redes sociales. De repente abundaron las referencias a Cristo, a la providencia, a la Virgen, a los designios divinos y a la defensa de los valores cristianos, incluso en voces que durante años no habían hecho precisamente de la religión el centro de su identidad pública.

No me corresponde juzgar la sinceridad de esas convicciones.

Pero sí recordar que las grandes tradiciones espirituales suelen exigir algo más difícil que ganar elecciones.

Exigen humildad.

Y es entonces cuando vuelve a mi memoria un pasaje del Eclesiastés que parece escrito para momentos como este:

«Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora; tiempo de esparcir piedras y tiempo de juntar piedras.»

Durante demasiado tiempo hemos sido expertos en esparcirlas. Las lanzamos desde las campañas, desde los medios, desde las redes sociales, desde el gobierno y desde la oposición. Hemos aprendido a sospechar antes de escuchar, a clasificar antes de comprender y a condenar antes de conversar.

Tal vez ha llegado el momento de intentar algo distinto.

Porque después de los discursos, las victorias y las derrotas seguirá aquí el mismo país: las montañas, los ríos, los bosques, los artistas, los empresarios, los campesinos, los animales, los desafíos energéticos y las preguntas culturales que todavía no hemos sido capaces de responder.

Seguirá aquí Colombia.

Y quizás la pregunta más importante ya no sea por quién votamos.

La pregunta es qué vamos a hacer con el país que sigue aquí cuando la euforia de unos y la tristeza de otros hayan terminado.

Durante demasiado tiempo hemos sido expertos en separar, señalar y lanzar piedras.

Ha llegado la hora de juntarlas.

Ha llegado la hora de construir algo más difícil y más importante: un país capaz de discutir sin destruirse, de corregirse sin odiarse y de entender que la energía, la sostenibilidad, la cultura y la democracia sólo tienen futuro cuando existe una comunidad que todavía se reconoce como tal.

Ha llegado la hora de juntar las piedras.

Ha llegado la hora de Colombia.

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