Una lectura de la nueva era energética, a partir de la exposición de Adriana Espinel para el Clúster de Energía de la Cámara de Comercio de Bogotá.
Colombia lleva años hablando de su potencial energético. Lo mide, lo anuncia y lo multiplica en presentaciones. Tenemos sol, viento, agua, gas, carbón, biomasa y la promesa del hidrógeno. Sobre el papel, el país parece tenerlo todo.
El problema es que el potencial no equivale a energía disponible: no sostiene un hogar, no mueve una empresa ni transforma un territorio.
Las cifras ayudan a aterrizar la discusión. Para 2026 y 2027 se estima una brecha anual de 7.207 gigavatios hora entre la demanda y la energía firme —la que puede garantizarse cuando el sistema la necesita—. De los 4.475 megavatios previstos para entrar en operación en 2026, apenas 724,8, el 16,2 %, lo habían hecho al 20 de agosto. Entretanto, la demanda eléctrica registraba un crecimiento interanual de 6,68 %.
El consumo avanza. La nueva capacidad, no al mismo ritmo.
A ese cuadro se suman cuatro meses consecutivos de aportes hídricos por debajo del promedio, un 29 % del gas comercializado en junio proveniente de importaciones —con un precio cercano al 77 % por encima del nacional— y reservas probadas equivalentes a 5,9 años de producción de gas y 7,4 de petróleo.
No parece una razón para entrar en pánico. Sí para mirar el reloj.
La exposición propuso cambiar el ángulo: Colombia tiene múltiples fuentes de energía; el desafío es convertir ese potencial en energía disponible, industria y crecimiento.
Entre el potencial y el resultado están las redes, la financiación, el licenciamiento, la regulación, las comunidades y una palabra que admite pocos discursos: ejecución.
Ninguna tecnología vendrá a salvarnos
Buena parte del debate energético se ha organizado como una competencia. Renovables contra gas. Hidrógeno contra combustibles fósiles. Transición contra seguridad energética.
El gas no se vuelve limpio por decreto. Las renovables tampoco se vuelven firmes por entusiasmo. Cada fuente tiene ventajas, costos, riesgos y funciones distintas. La pregunta no es cuál debe imponerse, sino qué combinación puede ofrecer energía confiable, asequible y cada vez más limpia.
Ahí aparece la convergencia energética: integrar tecnologías dentro de un sistema en lugar de enfrentarlas. Energía solar y eólica, gas, generación hidráulica, almacenamiento, redes y gestión de la demanda pueden cumplir funciones complementarias.
La atención pasa de la fuente al resultado; de la capacidad anunciada a la conectada; de la oferta a la demanda; del proyecto al negocio.
El debate energético suele organizarse alrededor de tres objetivos: seguridad, para garantizar el suministro; equidad, para ampliar el acceso a precios razonables; y sostenibilidad, para reducir las emisiones y los impactos ambientales. La propuesta añade un cuarto: abundancia responsable.
No se trata de producir energía sin límites, sino de contar con la suficiente para ampliar el acceso, atraer inversión y desarrollar industria, con reducción verificable de emisiones y respeto por los ecosistemas y las comunidades.
Adriana Espinel condensa el enfoque en una frase: “Colombia no tiene que escoger entre energía y transición. Tiene que aprender a convertir energía en desarrollo”.
Comparto esa visión. Rompe una oposición que ha empobrecido el debate y propone una medida más exigente del éxito: energía confiable, industria, bienestar y emisiones efectivamente reducidas.
El negocio de hacer que la energía llegue
Una planta sin conexión es un activo inmóvil. Un parque renovable sin transmisión produce expectativas antes que electricidad. Instalar capacidad es apenas una parte del trabajo.
La oportunidad más inmediata está en la infraestructura: redes, subestaciones, conexiones, almacenamiento, medición avanzada, automatización, digitalización, ciberseguridad y respuesta de la demanda. Son los activos y servicios que permiten transportar la energía, respaldarla y aprovechar mejor la capacidad disponible.
Durante años celebramos los megavatios proyectados. Los megavatios conectados son menos numerosos y bastante más útiles.
Allí se abre un campo amplio para empresas de ingeniería, construcción, tecnología, operación, mantenimiento y servicios especializados. El negocio no está únicamente en generar energía, sino en hacer posible que llegue y funcione.
Hacer que la energía llegue incluye comunicarla y hacerla comprensible. Un proyecto puede conectarse a la red y, aun así, quedar desconectado de la sociedad si empresas, comunidades y ciudadanos no entienden qué se está construyendo, qué cambia y qué está en juego.
El futuro energético puede comenzar en un laboratorio, pero no termina allí. Necesita infraestructura para llegar al sistema y comunicación clara para llegar a la sociedad.
¿Y si la mejor exportación no fuera energía?
La pregunta puede cambiar de foco: en lugar de pensar solamente cómo exportar energía, ¿qué industrias podrían instalarse en Colombia para transformarla aquí?
Centros de datos para inteligencia artificial, procesamiento de minerales, cadenas de frío, fertilizantes, petroquímica y manufactura avanzada requieren energía abundante y confiable. Atraer algunas de estas actividades permitiría convertir una ventaja energética en producción, empleo y conocimiento.
El momento puede ser favorable. En mercados donde crece con rapidez la demanda de los centros de datos, los proyectos pueden esperar entre cuatro y ocho años para obtener una conexión a la red que garantice la energía requerida. Según la estimación citada en la exposición, apenas uno de cada veinte proyectos en esas colas llegaría a construirse. La congestión revela una nueva forma de escasez: hay inversión y demanda, pero faltan redes y conexiones disponibles. Para Colombia, la velocidad y la certeza de acceso a la energía podrían convertirse en una ventaja competitiva.
Colombia tiene una oportunidad, pero no un derecho adquirido. El sol, el viento y la posición geográfica cuentan. También la previsibilidad regulatoria, la infraestructura disponible, los tiempos del licenciamiento y la capacidad de ejecutar.
Si reúne esas condiciones, Colombia puede exportar algo más valioso que un electrón o una molécula: productos fabricados en el país con energía competitiva, empleo local y conocimiento incorporado.
El Caribe: potencia y deuda
En el Caribe colombiano soplan algunos de los mejores vientos del país. El sol es abundante; bajo el mar hay gas; en tierra, carbón y biomasa; sobre la costa operan puertos, refinería y petroquímica. Pocos territorios reúnen tantas formas de energía en un mismo lugar.
Y, sin embargo, en demasiadas casas la energía sigue siendo incierta, costosa o insuficiente. En 2025, el 26,4 % de los hogares de la región estaba en situación de pobreza energética.
Mucha energía alrededor. Muy poca seguridad energética adentro.
El Caribe reúne las condiciones para convertirse en una plataforma de transformación industrial donde converjan gas, renovables, puertos, agua, petroquímica, nuevas moléculas y manufactura. El riesgo es repetir una historia conocida: extraer los recursos, transportar el valor y dejar en el territorio una porción demasiado pequeña de la riqueza producida.
De poco sirve cambiar la fuente de energía si el empleo, la industria y el bienestar continúan viajando fuera de la región.
La relación con las comunidades forma parte de esa ecuación. Cuando la participación llega al final —convertida en socialización, compensación o trámite— la desconfianza suele llegar antes que los proyectos. Después recibe el nombre de “conflictividad social”, como si hubiera aparecido por generación espontánea.
En el Caribe no se juega únicamente la posibilidad de producir más energía. También la oportunidad de convertirla en industria, capacidades, empleo y bienestar.
Que el viento, el sol y el gas no pasen de largo.
Que los recursos no se limiten a salir. Que el desarrollo también llegue.
Colombia, Venezuela y Estados Unidos: una apuesta audaz
La idea de un corredor entre Colombia, Venezuela y Estados Unidos ya no parece un simple ejercicio de prospectiva. Varias piezas comenzaron a moverse al mismo tiempo.
El nuevo gobierno colombiano ha señalado a Estados Unidos como su principal socio comercial y de inversión. Washington, por su parte, volvió a situar a Venezuela en el centro de su agenda energética: durante 2026 autorizó operaciones, inversiones y servicios estadounidenses en petróleo, gas, petroquímica y minerales venezolanos. Colombia también actualizó las reglas para el intercambio eléctrico con Venezuela.
La complementariedad es poderosa: capital, tecnología y compradores desde Estados Unidos; gas e interconexión desde Venezuela; y Colombia como articulador energético, industrial y logístico.
La escala merece atención. Colombia y Venezuela suman cerca de 40 gigavatios de capacidad instalada y, según las estimaciones citadas, más de 300 gigavatios de potencial técnico en gas, hidráulica, solar, eólica, biomasa y otras fuentes.
El corredor podría ir mucho más allá del intercambio de electricidad o hidrocarburos. Redes, almacenamiento, fertilizantes, petroquímica, minerales, puertos, centros de datos y manufactura pueden formar una cadena de valor capaz de conectar los recursos del norte de Suramérica con la demanda, el capital y la tecnología estadounidenses.
Colombia tendría una posición singular: servir de bisagra entre dos países que vuelven a encontrarse alrededor de la energía y convertir esa conexión en infraestructura, industria y empleo.
La geografía ofrece el punto de encuentro.
La ejecución puede convertirlo en un centro energético e industrial.
El hidrógeno después de la euforia
El hidrógeno no es una fuente de energía lista para extraer. Es un portador de energía: debe producirse a partir de electricidad u otras fuentes y luego comprimirse, almacenarse, transportarse o transformarse. Cada etapa consume energía y añade costos.
La distancia importa. Transportar hidrógeno puro por mar puede requerir más de 10 kilovatios hora por kilogramo —más del 30 % de su contenido energético— entre licuefacción y reconversión, según la Agencia Internacional de Energía. De ahí que resulte más viable utilizarlo cerca del comprador o convertirlo en derivados con cadenas logísticas conocidas, como el amoníaco y el metanol.
Colombia puede concentrar su desarrollo en cuatro rutas concretas: reducir emisiones en refinerías y plantas de fertilizantes, donde la demanda ya existe; producir derivados más fáciles de almacenar y comercializar; operar los electrolizadores de manera flexible cuando la electricidad sea abundante y competitiva; y desarrollar clústeres que integren generación, gas, agua, captura de carbono, puertos e industria.
Las cuatro rutas comparten una lógica: acercar la molécula al uso, aprovechar la infraestructura disponible y concentrarse en procesos donde la reducción de emisiones pueda medirse.
Comprador, costo, logística y desempeño ambiental. Esas variables separan un proyecto industrial de una idea prometedora.
El futuro se juega en la energía
La energía es la infraestructura que sostiene todas las demás. La necesitan los centros de datos y la inteligencia artificial, pero también los hospitales, las industrias, las pequeñas empresas y cada hogar que espera un servicio confiable a un precio razonable.
Su disponibilidad, costo y confiabilidad definen competitividad, empleo, seguridad, desarrollo territorial y calidad de vida. La energía dejó de ser un asunto exclusivo del sector: atraviesa al país entero.
El aporte de Adriana Espinel sitúa una pregunta decisiva en el centro del debate: cómo convertir la energía disponible en desarrollo.
Este es el momento de la energía en Colombia porque muchas de las decisiones que marcarán los próximos años pasan por ella: qué proyectos se conectan, qué industrias se instalan, qué empleos se crean y qué lugar ocupa el país en las nuevas cadenas de valor.
La oportunidad es amplia. El trabajo pendiente también: redes construidas, proyectos en operación, compradores identificados, reglas previsibles, comunidades vinculadas desde el comienzo y cronogramas que se cumplen.
La ejecución pone los proyectos a funcionar.
La comunicación permite que las empresas reconozcan oportunidades, las comunidades entiendan los impactos y los ciudadanos sepan qué cambia, cuánto cuesta y qué resultados pueden exigir.
Durante años medimos nuestro horizonte energético en recursos disponibles y megavatios anunciados. Podemos medirlo de otra manera: energía entregada, hogares mejor atendidos, empresas que crecen, productos fabricados en Colombia y valor que permanece en los territorios donde se genera.
El potencial ya está medido. La oportunidad está identificada.
Ahora toca conectar la energía, transformarla, explicarla y convertirla en bienestar.
Ahí se juega el futuro.
Fuentes y referencias
- Adriana Espinel, El nuevo ciclo energético en Colombia: ¿dónde estarán las oportunidades?, presentación realizada para el Clúster de Energía de la Cámara de Comercio de Bogotá, 27 de agosto de 2026.
- XM, boletines y comunicados sobre demanda, aportes hídricos y nivel de los embalses, agosto de 2026.
- Unidad de Planeación Minero Energética, seguimiento a la entrada de proyectos de generación, agosto de 2026.
- Agencia Nacional de Hidrocarburos, Informe de Recursos y Reservas 2025.
- Campetrol y Bolsa Mercantil de Colombia, cifras sobre participación y precios del gas importado.
- Agencia Internacional de Energía, Global Hydrogen Review 2026.
- Administración de Información Energética de Estados Unidos, Annual Energy Outlook 2026.
- Ministerio de Minas y Energía, reglas para el intercambio de electricidad con Venezuela, julio de 2026.
- Oficina de Control de Activos Extranjeros del Departamento del Tesoro de Estados Unidos, licencias relacionadas con operaciones energéticas en Venezuela, 2026.





