“Siempre he tenido más miedo a una pluma,

a una botella de tinta y a un cuadernillo de papel

que a una espada o a una pistola.”

(Caderousse – El Conde de Montecristo, Alejandro Dumas)

La energía no muere; se transforma. En el cielo resplandece una nueva Luz. Fernando Gaitán ha dejado esta Tierra. Su obra vivirá para siempre. Fue un maestro.

Hace diez años cuando escribía mi primer libro La fábrica de ideas, publicado en el 2010 por el CESA, me dio una mano. La obra inicia por el desenlace, el primer capítulo es “final, final, final; no va más. Una cuestión de forma.” En él:

Fernando Gaitán… explica que el final es realmente fundamental para cualquiera de sus producciones. Si las tramas lograron alta expectativa y buen rating, hay que ser consecuentes con el público y saber que esperan un final impactante. Si no se logra esto, se olvida la novela, se pierde todo, y la gente, incluso, se va en contra de la producción, la critica y le pierde toda la fe. Terrible desenlace para producciones que tuvieron elementos sobresalientes durante su desarrollo.

Hoy (cuando escribo estas palabras) su paso por el mundo ha llegado al fin. Nos hará mucha falta. Sus lecciones seguirán iluminándonos. Entre otras muchas, también nos enseñará a comenzar:

Fernando Gaitán lo entiende muy bien; es consciente de que en el mundo de la televisión – donde los televidentes promedio, expertos en la ciencia del zapping, tienen la opción de cambiar en todo momento a alguno de los 80 canales que están a su disposición con un solo click –, si los primeros 10 minutos de la novela no funcionan, hasta ahí llegó el cuento. Todo el esfuerzo, la inversión en equipos, espacios al aire, actores, locaciones, vestuario, luz, agua y teléfono, se va por la borda… y eso si los espectadores son pacientes porque hay algunos que en 3 o 5 minutos ya no aguantan más…

Su corazón no aguantó más. En vida, las pocas veces que se lo pedí, estuvo ahí. Es breve, y certero, protagonista del video con el que lanzamos el libro:

Recuerdos que me producen risa nerviosa. Cortas palabras. Directas. Sabias. Y es que, como aseguran los maestros de Oriente, muchas veces lo más complicado es llegar a lo simple. En una de sus conferencias en el Hay Festival Cartagena, cuando le preguntaron al libretista cómo hacía para imaginar sus historias y personajes, la respuesta no pudo ser más clara: “Todo se encuentra en el Conde de Montecristo de Alejandro Dumas… no es más; lean.” Tengo la fortuna de haberlo comprobado. “El conde” es una de las maravillas de la literatura, y de la humanidad. Lo que dijo Gaitán esa vez está lejos de ser una exageración. Frases como “Siempre habrá labios que digan una cosa mientras el corazón piensa otra”, pronunciadas por Edmundo Dantés, encierran en sí la ciencia misma de las telenovelas y las series que nos cautivan.

Años después, para mi segundo libro, Con o sin título. Historias de teoría y práctica (también del CESA) que escribí junto con Pedro López Cuellar, habló más. Le dedicamos un capítulo completo a Fernando, el quince, “¡Maestro Autodidacta!”. Una vez publicado se burló de mí: “su sello literario es Fernando Gaitán, ¿no?… ¡Págueme regalías!”. Bonito chiste. Lo recibido por los escasos ejemplares vendidos no le alanzarían ni para un “corrientazo” a Betty “la Fea”. En esta columna continúo con la manía de tenerlo presente en mis escritos.

La formación profesional del maestro se redujo a un semestre y medio de Publicidad en la Universidad Central. Su verdadera universidad fue la vida, la calle. ¿Cómo no acordarse de los inicios en el periodismo, en EL TIEMPO?:

Empezaba recogiendo muertos en las comisarías: todas las mañanas iba con un tipo de la policía a hacer los levantamientos de la noche anterior. Eso era entre terrible y fascinante, investigaba todos los archivos, los expedientes, todas las narraciones de crímenes… Crímenes anónimos, entre otras cosas, porque eran del tipo de la tienda que apuñaló al otro en una borrachera, una pelea a varilla, un ladrón que salió corriendo y lo patearon entre varios y lo mataron… en fin, historias que muchas veces no aparecían en los periódicos. A mi me seleccionaban los muertos, a ver cuáles eran interesantes.

Increíble historia. Uno nunca se pone a pensar en que la carrera del gran guionista, como la de tantos artistas, comenzó así, desde abajo, abajo. Desde lo más profundo, tan cerca de la muerte que hoy lo abraza.

Ahí, donde todos tarde o temprano iremos a parar, los títulos no tienen ningún valor. En ocasiones tampoco sirven en este mundo:

En televisión pasa una cosa muy curiosa. Sobre todo, en escritores; y es que hay escritores que tienen mucho pergamino, muchos estudios, muchas cosas…. Gente que ha estudiado cantidades, pero “horrores”, y tienen una información impresionante, pero que al momento de hacer un guion son unos “paquetes” enormes…

¡Tu tarjeta de presentación es el guion; no la hoja de vida!

Así es. ¡Que su obra hable por él!, y que tenga un feliz viaje a las estrellas.

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